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El genero Carcharocles desde el Eoceno al Pleistoceno y su cronología fosilifera.

Por Mariano Magnussen Saffer. Integrante de Grupo Paleo, Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar y Fundación Argentavis. marianomagnussen@yahoo.com.ar. Imágenes ilustrativas de archivo. Aviso Legal

Tomado de;  Magnussen Saffer, Mariano (2014). El genero Carcharocles desde el Eoceno al Pleistoceno y su cronología fosilífera. Paleo, Revista Argentina de Paleontología. Boletín Paleontológico. Año XII. 101: 11-16.    

Los tiburones aparecen por primera vez en el registro fósil hace 455 millones de años. Sin embargo, no se vuelven comunes sino hasta el Devónico, hace unos 400 millones de años.

Estudiar la evolución de estos animales marinos no es fácil ya que al tener esqueleto de cartílago, no se fosilizan en su totalidad. Afortunadamente se han encontrado dentículos, dientes y vértebras fosilizadas que nos permiten conocer los orígenes de los tiburones.

El tiburón mas antiguo es el Antarctilmna (que significa tiburón lamnoide de la antártica). Se ha sugerido que este antiguo animal tiene unos 380 millones de años y probablemente vivía en aguas dulces.

Los tiburones en sus formas tempranas eran muy pequeños. Hay pruebas que sugieren que se parecía más a los peces antes de evolucionar a lo que son hoy. Muchos de ellos eran similares a las anguilas. No tenían un cerebro tan grande como los de hoy. Más de 2 / 3 del tamaño del cerebro de un tiburón actual es para los sentidos, sobre todo su capacidad para oler. Esta es una de las áreas donde los tiburones se han visto notablemente capaces de evolucionar y convertirse en una especie más inteligente.

Sus dientes también eran muy diferentes a los de hoy día. En lugar de tener gran nitidez eran suaves. Sin embargo, estos primeros antepasados definitivamente tenían las filas de dientes sustituibles como los actuales. Esto podría indicar que los antepasados de los tiburones se alimentaban de plantas y que algo ocurrió e hizo imposible la vida vegetal por un tiempo, con el fin de sobrevivir, empezaron a consumir otros seres vivos, evolucionaron.

Probablemente no nadaban tan adentro en el océano como lo hacen hoy. Esto se evidencia por la forma y el tamaño de sus aletas. Es posible que hayan tenido que evolucionar de esta manera para desplazarse largas distancias en busca de alimentos.

Un tiburón pierde un diente, éste cae y queda sobre el sedimento. El diente puede desintegrarse (a) o enterrarse en el sedimento (b); luego los procesos químicos ocurren; aquí puede que el fósil se disuelva (c), pero también puede éste absorba los minerales del sedimento o del agua en los espacios vacíos del diente y así fosilizarse (d); éste proceso dura en total miles de años. El diente adquiere diferentes colores dependiendo de los minerales que absorbió. Si la roca es erosionada, después de muchos años, es posible que encontremos éste diente fósil.

Otodus obliquus es una especie extinta de elasmobranquio lamniforme de la familia Otodontidae, de gran tamaño, que vivió durante el Paleoceno y el Eoceno, hace entre 45 y 55 millones de años.

Otodus obliquus es, según muchos paleontólogos, el ancestro original del más grande tiburón depredador que ha existido, Carcharodon megalodon. Hay, sin embargo, otra escuela de pensamiento que sugiere que C. megalodon fue en realidad descendiente de Carcharodon orientalis (también conocido como Paleocarcharodon orientalis) y este sería el predecesor de los modernos tiburones blancos Carcharodon carcharias.

Aunque el argumento de ambos puntos de vista es atractivo, la evidencia muestra suficientes debilidades para justificar la precaución en la clasificación de C. megalodon en el mismo género que el tiburón blanco moderno (es decir, Carcharodon) y, por lo tanto, ha sido reclasificado recientemente, para reflejar las pruebas de montaje que Otodus obliquus probablemente fue el antepasado de C. megalodon.

Nuestra atención, sobre tiburones, se basa en el genero Carcharocles, cuyos regiros fosilíferos ocupan las capas sedimentarias desde el Eoceno al Pleistoceno, con formas simples y corpulentas a terribles monstruos de varias toneladas, representado por cuatro especies fundamentales.

Carcharocles auriculatus. Jordan, 1923.

Carcharocles auriculatus es una especie extinta de tiburón incluida en el género Carcharocles, cercanamente relacionada con el mejor conocido Carcharocles megalodon.

Como ocurre con muchos tiburones extintos, esta especie es conocida a partir de dientes fósiles y algunos centros de vértebra. El esqueleto de los tiburones está compuesto de cartílago y no de hueso, material que raramente se fosiliza.

La longitud de los dientes de C.auriculatus es relativamente grande - de 25 a 114 milímetros. Sin embargo, es menor que la de C. megalodon y Carcharocles angustidens.

Muchos de los dientes de C. auriculatus provienen de Carolina del Sur, Estados Unidos. Sin embargo, se conocen hallazgos adicionales de dientes del Eoceno en la meseta Khouribga, en Marruecos. Carcharocles auriculatus es el miembro más primitivo del género Carcharocles.

Carcharocles angustidens. Agassiz, 1843

Carcharocles angustidens es una especie de tiburón megadentado extinto, que vivió durante los períodos Oligoceno y Mioceno entre hace aproximadamente 35 a 22 millones de años. Se cree que este tiburón es un pariente cercano del más conocido de los tiburones megadentados, C. megalodon. Sin embargo, así como en el caso de C. megalodon, la clasificación de esta especie es materia de debate.

Los restos de C. angustidens por lo general están en muy mal estado de preservación. A la fecha, el espécimen mejor preservado de esta especie ha sido excavado en Nueva Zelanda, el cual abarca 165 dientes en asociación y cerca de 35 centros de vértebras asociados. Este espécimen data de hace cerca de 26 millones de años. Los dientes de C. angustidens son notables por sus coronas triangulares y sus pequeñas cúspides laterales que están totalmente aserradas. Los bordes aserrados son muy afilados y muy pronunciados.

C. angustidens era una especie con una amplia distribución geográfica con fósiles hallados en Norteamérica, Suramérica, Europa, África, Nueva Zelanda, Japón, Australia, y Malta.

Igual que en otros tiburones megadentados, los fósiles de C. angustidens indican que era considerablemente mayor que el actual gran tiburón blanco, Carcharodon carcharias. Se estima que el espécimen bien preservado de Nueva Zelanda medía 9.3 metros de largo. Este ejemplar tenía dientes que miden más de 9.87 centímetros en altura diagonal, y centros de vértebras de cerca de 1.10 centímetros de diámetro. Sin embargo, existen reportes de fósiles aún mayores de C. angustidens.

Carcharocles chubutensis.

Es una especie extinta de tiburón megadentado que vivió durante los períodos Oligoceno, Mioceno y Plioceno, entre hace 28 a 5 millones de años. Este tiburón es considerado como unpariente cercano de otro tiburón megadentado prehistórico, el famoso C. megalodon. Sin embargo, como ocurre con C. megalodon, la clasificación de esta especie está en discusión.

Esta especie es conocida a partir de dientes fósiles y algunos centros de vértebra. El esqueleto de los tiburones se compone de cartílago y no de hueso, y el cartílago raramente logra fosilizarse. Por lo tanto, los fósiles de C. chubutensis están generalmente mal preservados. Aunque los dientes de C. chubutensis son morfológicamente similares a los de C. megalodon, estos son relativamente delgados con una corona curvada, y con la presencia de talones laterales apenas aserrados. Los fósiles de esta especie se han hallado en Norteamérica, Sudamérica, Cuba, Puerto Rico, África, y Europa.

C. chubutensis era mayor que C. angustidens. Los dientes de C. chubutensis se aproximaban a 130 milímetros de altura perpendicular (longitud diagonal), la cual de acuerdo con el método de estimación de tamaño propuesto por Gottfried at al, in 1996, indica que el espécimen tendría una longitud de 12.2 metros.

La investigación paleontológica sugiere que esta especie puede haber cambiado sus preferencias de hábitat a través del tiempo, o que pudo haber tenido la suficiente flexiblilidad en su comportamiento para ocupar distintos ambientes en distintas épocas.

C. chubutensis era probablemente un superdepredador y cazaría generalmente peces, tortugas marinas, cetáceos (por ejemplo, ballenas), y sirenios.

Carcharodon megalodon. Agassiz, 1843

es una especie extinta de tiburón que vivió aproximadamente entre 28 y 1,5 millones de años atrás, durante el Cenozoico (de finales del Oligoceno hasta principios del Pleistoceno).

La asignación taxonómica de C. megalodon se ha debatido por cerca de un siglo, y aún se encuentra en disputa con dos interpretaciones principales: como Carcharodon megalodon (bajo la familia Lamnidae) o bien como Carcharocles megalodon (bajo la familia Otodontidae).

C. megalodon es considerado como uno de los mayores y más poderosos depredadores en la historia de los vertebrados. Los estudios sugieren que C. megalodon lucía en vida como una versión corpulenta del gran tiburón blanco actual, Carcharodon carcharias, llegando a alcanzar los 16 metros de longitud total. Los restos fósiles indican que este tiburón gigante tuvo una distribución cosmopolita, con áreas de cría en zonas costeras cálidas. C. megalodon probablemente tuvo una influencia muy importante en la estructura de las comunidades marinas de su época.

C. megalodon es representado en el registro fósil principalmente por dientes y centros de vértebras. Como en los demás tiburones, el esqueleto de C. megalodon estaba formado de cartílago más que de hueso; esto resulta en una pobre preservación de los especímenes encontrados. Sin embargo, los restos fósiles de C. megalodon indican que tenía los centros vertebrales densamente calcificados.

Entre las especies existentes, se considera que el gran tiburón blanco es la más análoga a C. megalodon. La carencia de esqueletos fósiles bien preservados de C. megalodon ha forzado a los científicos a basarse en la morfología del gran tiburón blanco para inferir su aspecto y estimar su tamaño.

Debido a los restos fragmentarios, estimar el tamaño de C. megalodon se ha convertido en un reto. Sin embargo, la comunidad científica reconoce que C. megalodon superaba en tamaño al tiburón ballena (Rhincodon typus).

En 1973, un ictiólogo de Hawaii, John E. Randall, presentó un método para estimar la longitud total del gran tiburón blanco. El método propuesto es representado en forma de un gráfico trazado, el cual demuestra la relación entre la altura de la corona (la distancia vertical de la hoja del diente desde la base de la parte de esmalte del diente hasta su punta) del mayor de los dientes de la mandíbula superior del gran tiburón blanco y su longitud total

Estos dientes produjeron una longitud total de cerca de 13 metros. En 1991, dos expertos en tiburones, Richard Ellis y John E. McCosker, señalaron un defecto en el método de Randall. De acuerdo a ellos, la altura de la corona dental de los tiburones no necesariamente se incrementa en proporción a la longitud total del animal. Esta observación llevó a nuevas propuestas para dar con métodos más exactos para determinar el tamaño del gran tiburón blanco y especies similares.

En 1996 tres científicos – Michael D. Gottfried, Leonard J. V. Compagno y S. Curtis Bowman – después de haber realizado una minuciosa investigación y escrutinio de 73 especímenes del gran tiburón blanco, propusieron una relación linear conservadora entre la máxima altura del mayor de los dientes superiores. El mayor diente de C. megalodon al alcance de este equipo era un espécimen de segundo diente anterior superior, cuya máxima altura era de 168 mm. Este diente había sido descubierto por Compagno en 1993, y produjo una longitud total estimada en 15.9 metros. Sin embargo, rumores de dientes mayores de C. megalodon persistían en esa época. La máxima altura dental para este método se mide como una línea vertical desde la punta de la corona dental a la parte baja de los lóbulos de la raíz, paralelo al largo eje del diente. Dicho de otra forma, la máxima altura del diente es la altura perpendicular.

En 2010, varios investigadores de tiburones – Catalina Pimiento, Dana J. Ehret, Bruce J. MacFadden y Gordon Hubbell — estimaron la longitud total de C. megalodon sobre la base del método de Shimada, produjo una longitud total de 16.8 metros.

El tema de la extinción de C. megalodon está aún bajo investigación. Hace cerca de 3.1 millones de años, ocurrió un importante evento geológico — el cierre del paso marítimo de Centroamérica, el cual causó cambios significativos ambientales y en las faunas alrededor del mundo. Estos cambios probablemente fueron responsables de la extinción de C. megalodon.

Bibliografía Sugerida;

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Los dinosaurios de la Argentina.

Por Leonardo Salgado, Museo de Geología y Paleontología, Universidad Nacional del Comahue, lsalgado@uncoma.edu.ar y Ricardo Pasquali, Universidad Tecnológica Nacional, Facultad Regional Haedo, rcpasquali@yahoo.com. Articulo publicado originalmente en www.museosargentino.com.ar Imágenes colocadas por PaleoArgentina. Aviso Legal

Una reseña sobre las principales especies conocidas y su importancia paleontológica.

Los dinosaurios evolucionaron a partir de algún pequeño reptil que vivió hace unos 230 millones de años, en una época que los geólogos y paleontólogos denominan Triásico tardío.

Una de las especies que guarda mayor relación con los dinosaurios es el Lagosuchus talampayensis. Los restos de este reptil fueron hallados en la provincia de La Rioja en 1964, durante una expedición organizada por el paleontólogo Alfred Romer, de la Universidad de Harvard, con la colaboración del Museo de La Plata. En 1975, José Bonaparte, que entonces se desempeñaba como investigador del CONICET en la Fundación Miguel Lillo de Tucumán, descubrió ejemplares más completos y publicó una detallada descripción de la casi totalidad del esqueleto de este animal, en la que se destacaban varios caracteres en común con los dinosaurios. Casi veinte años más tarde, el paleontólogo estadounidense Paul Sereno, de la Universidad de Chicago, junto con Andrea Arcucci, de la Universidad de La Rioja, propusieron que el espécimen estudiado por Bonaparte como Lagosuchus talampayensis correspondería en realidad a un nuevo género y especie, a la que denominaron Marasuchus lilloensis. De todos modos, estuvieron absolutamente de acuerdo en que ese animal estaba, desde un punto de vista evolutivo, a un paso de distancia de los dinosaurios.

Otro reptil que guarda relación con los primeros dinosaurios es el Pseudolagosuchus major, descripto por Arcucci en 1987. Bonaparte considera que el Pseudolagosuchus major es en realidad un adulto del Lagosuchus talampayensis. Tanto el Lagosuchus talampayensis, como el Marasuchus lilloensis y el Pseudolagosuchus major, se descubrieron en unos estratos geológicos conocidos como Formación Los Chañares, del Triásico medio de La Rioja.

Una de las características más llamativas del cráneo de los dinosaurios es la presencia de dos aberturas ubicadas detrás de cada uno de los ojos, una encima de la otra, que permitirían a los músculos de la mandíbula aumentar de volumen cuando se contraían durante la masticación, y de una abertura delante de cada ojo que podía haber contenido una glándula. Esta particularidad del cráneo hace que se los clasifique como arcosaurios –que en griego significa reptiles dominantes– junto con sus parientes los los pterosaurios –reptiles voladores–, los cocodrilos, y una gran variedad de formas extinguidas, entre ellas, el Pseudolagosuchus y el Marasuchus.

Todos los dinosaurios se caracterizan por la posición erecta de las extremidades –parecida a la que se encuentra en los mamíferos– por la cual sujetan al cuerpo desde abajo, manteniéndolo apartado del suelo. Cada una de las extremidades se mueve en un plano más o menos vertical. Esta postura contrasta con la posición casi horizontal de las extremidades de la mayoría de los demás reptiles, los cuales descansan con el vientre en el suelo y los brazos y muslos proyectados lateralmente desde el cuerpo. En realidad, esta particular disposición de los miembros estaba ya presente en los pequeños precursores Lagosuchus y Marasuchus. ¿Cuáles son, entonces, las características propias de los dinosaurios, aquellas que permiten distinguirlos de todos los demás reptiles? Las más destacadas se aprecian en el tarso, que facilitaban el hábito digitígrado de los dinosaurios, y en el acetábulo, la cavidad de la cadera en la que se inserta la cabeza del fémur. El acetábulo de los dinosaurios tiene un borde superior muy desarrollado y un gran orificio en el fondo. En los restantes reptiles, en cambio, el acetábulo no presenta ninguno de estos rasgos. Otra característica de los dinosaurios es el pescuezo con forma de S.

La diferenciación de los dinosaurios

Al poco tiempo de aparecer, los dinosaurios se diferenciaron en dos grandes grupos:

ornitisquios y saurisquios.

En la pelvis de los ornitisquios –en griego, cadera de ave– el pubis estaba orientado hacia atrás y abajo, como en las aves actuales. En la de los saurisquios –en griego, cadera de lagarto– en cambio, el pubis estaba orientado hacia abajo y adelante, manteniendo la disposición que se observa en otros grupos más primitivos.

En 1967, Rodolfo Casamiquela describió en Ameghiniana, la revista de la Asociación Paleontológica Argentina, al dinosaurio ornitisquio más antiguo conocido, al que llamó Pisanosaurus mertii. Los huesos de este dinosaurio del Triásico tardío, descubierto en la Hoyada de Las Lajas, en la provincia de La Rioja, habían sido exhumados por Bonaparte, el paleobotánico Rafael Herbst, Galileo Scaglia –director del Museo Municipal de Mar del Plata y Martín Vince en 1962. Los sedimentos en los que se realizó este descubrimiento pertenecen a la llamada Formación Ischigualasto, depositados hace unos 230 millones de años. El Pisanosaurus mertii era un dinosaurio herbívoro –como lo eran todos los ornitisquios– que medía 1 metro de largo.

Los saurisquios más antiguos de la Argentina –y entre los más antiguos del mundo– son el Herrerasaurus ischigualastensis, descripto por Osvaldo Reig, de la Universidad de Buenos Aires, en 1963, y el Eoraptor lunensis, descripto en 1993 por Paul Sereno, Catherine Foster y Raymond Rogers, de la Universidad de Chicago, junto con Alfredo Monetta, del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de San Juan. Ambos dinosaurios carnívoros fueron hallados en Ischigualasto, provincia de San Juan, en sedimentos de la Formación Ischigualasto, y por lo tanto tienen la misma antigüedad que el ornitisquio Pisanosaurus mertii.

El Herrerasaurus fue descubierto por la expedición de la Universidad Nacional de Tucumán dirigida por Reig. El hallazgo lo realizó el guía Victorino Heredia, habitante del lugar, a quien Reig le dedicó el nombre genérico del dinosaurio. Este primitivo saurisquio medía unos 4 metros de largo por 2 metros de alto hasta el cráneo. Caminaba en postura bípeda y tenía los miembros anteriores bastante reducidos. Bonaparte sintetiza las características de este dinosaurio diciendo que se trata de un saurisquio muy arcaico con rasgos primitivos en los miembros posteriores, sacro e ileon, pero con caracteres derivados en las vértebras y pubis.

El Eoraptor fue descripto a partir de un pequeño espécimen juvenil descubierto por el geólogo Roberto Martínez, del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de San Juan, integrante de la expedición organizada por la Universidad de Chicago y la Universidad Nacional de San Juan. Este dinosaurio medía 1 metro de largo y, como el Herrerasaurus, caminaba en posición bípeda. De acuerdo con Bonaparte, el Eoraptor probablemente es un género primitivo de la familia de los herrerasáuridos, a la cual pertenece el Herrerasaurus.

Los dinosaurios con cadera de ave

En Argentina, los restos de ornitisquios son aún escasos, si se tiene en cuenta el gran registros con que cuentan los saurisquios. Algunos fueron posiblemente autóctonos y otros ingresaron a América del Sur como consecuencia de la aparición de cadenas de islas transitorias que permitieron intercambios faunísticos ocasionales con América del Norte durante el Cretácico tardío. Entre estos ornitisquios que se conocen en nuestro país tenemos a los dinosaurios "pico de pato", o hadrosaurios; los pequeños iguanodontes; un posible dinosaurio con cuernos, o ceratópsio, y un dinosaurio con armadura, o anquilosaurio.

Los hadrosaurios presentaban algunas adaptaciones extraordinarias, sobre todo aquellas relacionadas con la herbivoría. Tenían un aspecto muy diferente unos de otros y presentaban distintos tipos de protuberancias y crestas óseas sobre la cabeza. El rasgo distintivo de estos dinosaurios es la forma en que se alargaba la parte anterior de la cara para formar un hocico ancho y aplanado, con un pico desprovisto de dientes, que por su aspecto recuerda al de un pato. Para fines del Cretácico, los hadrosaurios se habían extendido por todas las regiones del Hemisferio Norte y habían ingresado a América del Sur.

El hadrosaurio de la Argentina mejor documentado es el Kritosaurus australis. Este dinosaurio, que medía hasta 5 metros de largo, fue descubierto en la provincia de Río Negro, en sedimentos de la Formación Los Alamitos, depositados hace unos 70 millones de años. Fue descripto en 1984 por Bonaparte, M. R. Franchi, Jaime Powell y Eliseo Sepúlveda.

El Kritosaurus australis comparte muchas características con el Kritosaurus navajovius, de Nueva México. La comparación de ambos dinosaurios sugiere que los hadrosaurios colonizaron América del Sur, provenientes de América del Norte, en un tiempo relativamente breve.

Los paleontólogos Rodolfo Coria –director del Museo “Carmen Funes” de Plaza Huincul– y Leonardo Salgado –investigador de la Universidad Nacional del Comahue–descubrieron en la localidad rionegrina de Cinco Saltos numerosos representantes de un grupo de pequeños ornitisquios bípedos, relacionados con los hadrosaurios, que vivieron al igual que estos últimos en el Cretácico tardío. Los dos paleontólogos hallaron una docena de especímenes juveniles y adultos de estas criaturas describiéndolas en 1996 con el nombre de Gasparinisaura cincosaltensis, en reconocimiento a la doctora Zulma Gasparini, especialista en reptiles mesozoicos del Museo de La Plata. Entre los materiales más importantes que se hallaron figura un cráneo diminuto, en excelente estado de preservación. Se puede ver en él, una apretada hilera de dientes, de características diferentes a los de los hadrosáuridos.

 En 1918, el geólogo Augusto Tapia –de la entonces Dirección Nacional de Minería– anunció el hallazgo de una mandíbula incompleta de un dinosaurio ceratopsio –grupo que incluye a dinosaurios herbívoros con cuernos, como el Triceratops de América del Norte– descubierto en las cercanías del lago Colhué-Huapi, en la provincia de Chubut. Esta mandíbula, que representó el primer hallazgo de dinosaurios ornitisquios en América del Sur, fue estudiada en 1929 por el paleontólogo alemán Friederich von Huene, de la Universidad de Tübingen, que fuera contratado por Luis María Torres, director del Museo de La Plata. Lo curioso del hallazgo de Tapia –hoy extraviado–, es que jamás se ha vuelto a hallar otro resto de este grupo de dinosaurios.

En 1996, Salgado y Coria anunciaron en Ameghiniana el primer hallazgo de un anquilosaurio en América del Sur. Los anquilosaurios eran dinosaurios ornitisquios macizos, cuadrúpedos y herbívoros en los cuales el cuello, el dorso, los flancos y la cola estaban recubiertos por completo de un mosaico de placas dérmicas óseas planas, cubiertas por púas y protuberancias de distintos tipos. El espécimen, un pequeño fémur derecho, fue descubierto en Salitral Moreno, al sur de General Roca, provincia de Río Negro, por Juan Sepúlveda, del Museo Provincial “Carlos Ameghino” de Cipolletti. Este dinosaurio acorazado vivió en el Cretácico tardío. En sucesivas campañas, los mismos investigadores pudieron hallar más material: vértebras, placas y un diente.

Los primeros dinosaurios con cadera de lagarto

En el Triásico tardío los dinosaurios saurisquios –de cadera de lagarto– se habían diferenciado en dos grupos: Unos, los terópodos, mantuvieron el andar bípedo de sus precursores; el otro grupo, los sauropodomorfos, adoptaron en cambio el cuadrupedalismo. Los primeros fueron mayormente depredadores; los segundos, herbívoros.

Los terópodos del Triásico mejor conocidos son el Herrerasaurus ischigualastensis y el Eoraptor lunensis. Este último es muy importante por haber retenido algunos caracteres primitivos que en el resto de los dinosaurios se han modificado, por ejemplo, el extremo no expandido del pubis, uno de los huesos de la cadera.

Los sauropodomorfos del Triásico, los prosaurópodos, eran de talla moderada a grande y se extinguieron a principios del Jurásico. Están representados en la Argentina por el Coloradisaurus brevis, el Mussaurus patagonicus –de la familia de los plateosáuridos–, el Lessemsaurus sauropoides y el Riojasaurus incertus, perteneciente a la familia de los melanorosáuridos. Los miembros de este último grupo, al que pertenece el Melanosaurus readi, de Sudáfrica, eran los más grandes de los prosaurópodos.
Tanto el Riojasaurus incertus como el Coloradisaurus brevis y el Lessemsaurus sauropoides provienen de la Formación Los Colorados, de la provincia de La Rioja, con una antigüedad menor que la Formación Ischigualasto. La asociación faunística documentada en estos estratos, que representan la parte final del Triásico, estaba dominada por dinosaurios prosaurópodos. El Riojasaurus incertus medía hasta 7 metros de largo. Fue descubierto por Bonaparte en la Quebrada de los Jachaleros, La Rioja, quien lo describió en 1969.

El estudio del cráneo fue realizado por Bonaparte y José Pumares, quienes publicaron sus resultados en 1995. Los caracteres de este dinosaurio sugieren que posiblemente sea el más primitivo de los prosaurópodos. El prosaurópodo Coloradisaurus brevis mediría unos 3 metros de largo y aproximadamente 1 metro de alto en posición cuadrúpeda. En posición bípeda la altura de la cabeza estaría a unos 2 metros. Este dinosaurio es más evolucionado que el Riojasaurus incertus. Fue descubierto y descripto por Bonaparte en 1978, quién lo incluyó en la familia de los plateosáuridos, a la que pertenece el Plateosaurus engelhardti, un prosaurópodo del Triásico tardío descubierto en Europa.

Entre el numeroso material de dinosaurios de la Formación Los Colorados figura el Lessemsaurus sauropoides, descubierto por Bonaparte, quien lo describió en 1999. Se trata de un conjunto de vértebras cervicales y dorsales, asociados con algunas piezas de las cinturas, que poseen ciertos rasgos avanzados que se hallan presentes en los saurópodos. Este último grupo de enormes dinosaurios herbívoros, sin embargo, recién se diversificará y prosperará a partir del periodo siguiente: el Jurásico.

Los especímenes del Mussaurus patagonicus fueron descubiertos por Bonaparte y sus asistentes en la provincia de Santa Cruz, en sedimentos del Triásico tardío pertenecientes a la Formación El Tranquilo, depositados hace unos 220 millones de años, aproximadamente. De este dinosaurio se conoce un ejemplar juvenil de unos 16 centímetros de largo, que fue descripto por Bonaparte y Martín Vince en 1979. El mismo fue encontrado junto a siete individuos del mismo tamaño y dos huevos, los que formaban aparentemente parte de un nido. Este hecho indica que el cuidado de las crías era una conducta que estaba presente en dinosaurios muy antiguos.

Los dinosaurios del Jurásico


En 1947, el científico español Ángel Cabrera, que para entonces se desempeñaba como jefe de la División Paleontología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, estudió los restos del primer saurópodo del Jurásico registrado en América del Sur. El hallazgo lo había realizado el geólogo de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Tomás Suero en Cerro Negro, Pampa de Agnia, provincia de Chubut. Este dinosaurio, al que Cabrera nombró como Amygdalodon patagonicus, pertenece al grupo de los cetiosáuridos (cetiosaurio significa lagarto ballena). Casamiquela completó su estudio y publicó sus resultados en 1963. Este hallazgo sirvió para demostrar que, durante el Jurásico, América del Sur mantenía intercambios de faunas continentales con otras regiones del mundo, ya que los cetiosaurios se registraron en el norte de África, Europa y Asia. Posiblemente el Amygdalodon patagonicus vivió en la parte final del Jurásico temprano.

La mayor parte de los dinosaurios jurásicos conocidos de la Argentina provienen del Cerro Cóndor, en la provincia del Chubut. Los afloramientos del Jurásico medio de este yacimiento paleontológico corresponden a la Formación Cañadón Asfalto, y poseen una antigüedad de unos 165 millones de años. Esta localidad fosilífera fue trabajada por Bonaparte y colaboradores desde la Universidad Nacional de Tucumán y posteriormente desde el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, entre 1976 y 1985.

En el Cerro Cóndor se descubrieron el terópodo Piatnitzkysaurus floresi y los saurópodos Patagosaurus fariasi y Volkheimeria chubutensis.

El primer ejemplar del Piatnitzkysaurus floresi fue colectado en 1977 y descripto por Bonaparte en 1979. Este dinosaurio carnívoro medía unos 5 metros de largo y tenía cavidades neumáticas en las vértebras que, según Bonaparte, habrían contribuido a la oxigenación de la sangre. Las características de la dentadura sugieren que este animal no era un feroz predador de presas grandes, sino de vertebrados relativamente pequeños. Muestra similitudes con el Allosaurus fragilis, un carnívoro de gran tamaño del Jurásico tardío de América del Norte, pero es más primitivo. El Piatnitzkysaurus floresi parece ser un miembro de la misma línea evolutiva que condujo al Allosaurus. Bonaparte lo considera como un miembro primitivo de la familia de los allosáuridos.
   
El Patagosaurus fariasi, que llegaba a medir unos 14 metros de largo, es el dinosaurio más frecuente de Cerro Cóndor. Fue descripto por Bonaparte en 1979 como perteneciente al grupo de los cetiosáuridos, la misma familia del Amygdalodon patagonicus. El descubrimiento de dos adultos y tres juveniles de diferente tamaño encontrados juntos sugiere que pueden representar un grupo familiar. La escápula del Patagosaurus fariasi posee una morfología primitiva del tipo presente en los géneros Cetiosaurus, del Jurásico medio de Inglaterra, y Barapasaurus, del Jurásico temprano de la India. La anatomía vertebral de estos tres dinosaurios es menos derivada que en los saurópodos del Jurásico tardío, tales como el Diplodocus y el Camarasaurus, de América del Norte, y el Brachiosaurus, de América del Norte y África. El Volkheimeria chubutensis es un saurópodo cetiosáurido descripto por Bonaparte en 1979 a partir de unas pocas piezas diagnósticas. Es muy similar al Lapparentosaurus madagascarensis, del Jurásico medio de Madagascar.

Recientemente ha sido descripta una nueva especie de saurópodo de los mismos niveles estratigráficos: el Tehuelchesaurus benitezii. Lo destacable de esta especie es la notable similitud que posee con un saurópodo de China, lo que indicaría una cierta continuidad faunística entre Patagonia y Asia Oriental durante ese tiempo.

Algunos de los dinosaurios del Jurásico tardío están representados por huellas en unas areniscas en la Estancia Laguna Manantiales, en el noreste de Santa Cruz, las que fueron descubiertas y estudiadas por Casamiquela. En 1964, este investigador, que entonces se desempeñaba en el Museo de La Plata, describió huellas fósiles de tres tipos de dinosaurios pequeños y de un mamífero primitivo. Uno de los dinosaurios era un cuadrúpedo, posiblemente ornitisquio, con un pie de solo tres centímetros de largo, al que Casamiquela denominó Sarmientichnus scagliai. Otro era un dinosaurio carnívoro que caminaba en posición bípeda, el Wildeichnus navesi, y el tercero también era un carnívoro bípedo, pero de mayor tamaño, al que llamó Delatorrichnus goyenechei.

El hecho de que el registro de dinosaurios del Jurásico tardío sea tan escaso, tanto en nuestro país como en el resto de América del Sur, impide efectuar comparaciones adecuadas con faunas bien conocidas de otros puntos del planeta, como África y América del Norte, en donde el registro de especies de ese período es excelente.

El Cretácico temprano

Los dinosaurios del Cretácico temprano de la Patagonia provienen de las Formaciones La Amarga, Rayoso y Lohan Cura, que corresponden a lapsos del tiempo geológico conocidos como edades Neocomiano la primera y Aptiano la segunda y tercera, y del Miembro Candeleros de la Formación Río Limay, que corresponde a la edad Albiano.

La localidad de La Amarga está ubicada a unos 70 kilómetros al sur de Zapala, en la provincia del Neuquén, en la que están expuestas las areniscas que componen la Formación La Amarga. De estas areniscas, formadas hace unos 130 millones de años, provienen restos de cocodrilos, pterosaurios, mamíferos y dinosaurios, siendo los mejores conocidos el saurópodo con espinas Amargasaurus cazaui y el pequeño terópodo Ligabueino andesi. La exploración paleontológica de estos estratos fue comenzada por Bonaparte y colaboradores a partir de las informaciones dadas por el geólogo Luis Cazau.

El Amargasaurus cazaui era un herbívoro de unos 8 metros de largo que tenía dos filas de largas espinas que le recorrían el cuello y el lomo. Bonaparte pudo determinar que el Amargasaurus era un animal estrechamente emparentado con dos especies del Jurásico tardío de Tanzania, África oriental, pertenecientes al género Dicraeosaurus; las tres especies integraban una misma familia zoológica. En el Dicraeosaurus y en el Amargasaurus las espinas neurales de las vértebras no eran simples como en el Patagosaurus, el Volkheimeria u otros saurópodos, sino que se bifurcaban en la parte superior formando una Y. Estas largas espinas se extendían por toda la espalda y el cuello, dándole al animal un aspecto realmente extraño.

Bonaparte supone que la selección natural favoreció a estos animales debido a que las enormes espinas neurales constituían una defensa contra el ataque de los carnívoros. La persistencia de la presión de selección ejercida por los depredadores posiblemente condujo a ciertas especies a un desarrollo extremo de las espinas neurales bifurcadas, como puede verse en el Amargasaurus. La descripción de este saurópodo la realizó Bonaparte en 1991 junto con Leonardo Salgado.

El Ligabueino andesi fue descubierto en 1985 por la expedición paleontológica del Museo Argentino de Ciencias Naturales dirigida por Bonaparte, quien lo describió en 1996. Su pequeño tamaño sugiere que, posiblemente, se trataba de un terópodo insectívoro. El tamaño del fémur es de sólo 5 centímetros de largo y el largo total seguramente no sobrepasaba los 50 centímetros. Representa el registro más antiguo de la familia de los abelisáuridos, a la que pertenecen también los terópodos Abelisaurus comahuensis, del Cretácico tardío de Río Negro, y Carnotaurus sastrei, del Cretácico de Chubut. Este grupo parece ser endémico del supercontinente de Gondwana, que estaba formado por América del Sur, África, la India, la Antártida, Australia y Nueva Zelanda. Al igual que en el Carnotaurus, el pequeño terópodo de La Amarga posee arcos neurales extremadamente neumatizados que, de acuerdo con Bonaparte, podrían ayudar a la respiración en ciertas situaciones de altas demandas de oxígeno.

La Edad Aptiana, que comprende el lapso comprendido entre 115 y 108 millones de años atrás, está representada en la Patagonia por las Formaciones Rayoso y Lohan Cura.
   
La Formación Rayoso aflora en las cercanías de Agrio del Medio, provincia del Neuquén. De esta formación geológica proviene el Rayososaurus agrioensis, un saurópodo descubierto y descripto por Bonaparte en 1995. En la Formación Lohan Cura, en las cercanías de Picún Leufú, Neuquén, la expedición del Museo Argentino de Ciencias Naturales descubrió dos saurópodos muy particulares. Uno, al que Bonaparte llamó Agustinia ligabuei, fue hallado en 1997 por Agustín Martinelli, integrante de la expedición. Este dinosaurio poseía a lo largo del dorso unas placas de más de sesenta centímetros de largo dispuestas de a pares. Otro ejemplar, referido al Agustinia, tiene placas de más de 1 metro de largo.

El otro saurópodo, descubierto en 2000 tenía una postura similar a la jirafa, con los miembros anteriores más largos que los posteriores. Otro dinosaurio con esta postura fue el braquiosaurio –Brachiosaurus altithorax–, del Jurásico tardío de América del Norte, que vivió unos 40 millones de años antes que el descubierto en Neuquén.

Otra característica del Agustinia ligabuei que lo hace excepcional es la presencia de grandes huecos en las vértebras, lo que hacía que el esqueleto fuera más liviano y más fuerte que si hubiese sido macizo. Según Bonaparte, este tipo de estructura era capaz de absorber vibraciones y resistir tensiones, además de ser flexible.

Del Miembro Candeleros de la Formación Río Limay proceden los saurópodos Andesaurus delgadoi, descripto por Calvo y Bonaparte en 1991, Rebbachisaurus tessonei descripto por Calvo y Salgado en 1995, y el terópodo Giganotosaurus carolinii, descripto por Coria y Salgado en 1995.

El Andesaurus delgadoi medía unos 15 metros de largo y su cabeza habría estado a varios metros de altura. Era un primitivo titanosaurio relacionado a los saurópodos brachiosáuridos –grupo al que pertenece el Brachiosaurus–, y procede de la zona de El Chocón, Neuquén. Este dinosaurio fue detectado por Alejandro Delgado, radiólogo del hospital de El Chocón mientras buceaba en el lago Ezequiel Ramos Mexía. Su extracción se realizó, en colaboración con el Museo Argentino de Ciencias Naturales, una vez que el nivel del lago descendió y lo dejó al descubierto.
El Rebbachisaurus tessonei es el saurópodo más completo hallado en América del Sur hasta el momento. Medía 17 metros de largo y está relacionado con el Rebbachisaurus garasbae, del Cretácico temprano de Marruecos, y con el Diplodocus longus, del Jurásico tardío de los Estados Unidos. Sin embargo la especie neuquina es más primitiva que el Diplodocus. Una notable diferencia entre ambas especies es que las espinas neurales de las vértebras cervicales y dorsales en el Rebbachisaurus no tienen forma de "V" como en el resto de los diplodócidos.

Hasta ahora el Rebbachisaurus tessonei es el único saurópodo en el cual se puede confirmar la existencia de piedras gástricas. Estas piedras, también llamadas gastrolitos, cumplirían la función de moler los vegetales en el interior del estómago, ya que estos dinosaurios no eran capaces de masticar la comida que ingerían.

Los dos saurópodos que se hallaron en El Chocón poseen historia evolutivas diferentes. Mientras que el Andesaurus es parte de un linaje que saurópodos que florecerá en el Cretácico tardío, el Rebbachisaurus (forma afín al Rayososaurus) pertenece a una estirpe que se extinguirá definitivamente a fines del Cretácico temprano. Al igual que el Giganotosaurus, ambos saurópodos poseen, en la misma época, parientes cercanos en el África. Esto sin duda se vincula con la existencia de una conexión terrestre entre ambos continentes, la que pudo haberse roto recién en el Cenomaniano.

El Giganotosaurus carolinii, el mayor de los dinosaurios carnívoros del mundo, fue descubierto en El Chocón, provincia del Neuquén, por Rubén Carolini. Sus restos fueron extraídos en 1993 por un equipo de paleontólogos de la Universidad Nacional del Comahue y del Museo "Carmen Funes" de Plaza Huincul. El cráneo de este dinosaurio mide aproximadamente 1,80 metros de largo, mientras que el largo total del animal se estima en unos 16 metros. El nombre de este gigantesco dinosaurio significa “lagarto gigante del sur de Carolini”. Debido a que fue hallado en los mismos niveles que el Giganotosaurus, el saurópodo Rebbachisaurus tessonei seguramente fue una de las víctimas de este temible predador.

El Carnotaurus sastrei, uno de los más espectaculares terópodos del mundo, posiblemente vivió durante el Albiano, 107 a 95 millones de años atrás. Es el primer dinosaurio carnívoro conocido que poseía cuernos y del cual se conserva la impresión de la piel.

De acuerdo con Bonaparte, que describió al Carnotaurus sastrei en 1985, las características anatómicas de este dinosaurio indican un endemismo muy marcado. Una de las tantas particularidades de este dinosaurio son sus pequeños miembros anteriores, muchos más reducidos que los del Tyrannosaurus. La estructura de las vértebras del cuello del Carnotaurus era muy especial y parecida a la de las aves, posiblemente con una musculatura cruzada que permite hacer más movimientos y mucho más precisos. La presencia de cuernos, sumado a la reducción de los miembros anteriores, tendría que ver con la destreza muy marcada que posiblemente tuvo este animal con sus cuernos, para herir o despanzurrar a otro animal. Evidentemente tenía una precisión muy grande en los movimientos de la cabeza, que lo sugiere ese tipo de estructura vertebral del cuello.

Los gigantes del Cretácico tardío

Las enormes vértebras de uno de los dinosaurios más grandes del mundo, el Argentinosaurus huinculensis, ocupan casi una sala del Museo "Carmen Funes" de Plaza Huincul, provincia del Neuquén. Este gigante, que procede del Miembro Huincul de la Formación Río Limay, pertenece al amplio grupo de los titanosaurios y vivió hace algo menos de 95 millones de años. Sus restos fueron estudiados por Bonaparte y Coria, quienes publicaron su descripción en 1993.

Las vértebras del Argentinosaurus huinculensis, que poseen características anatómicas básicamente similares a la de otros titanosaurios, miden entre 1,40 y 1,60 metros de altura y 1,30 metros de ancho. Se estima que el Argentinosaurus poseía un largo de unos 40 metros y su peso superaba las 100 toneladas.
   
Otro saurópodo titanosaurio muy particular del Cretácico tardío, aunque algo más reciente que el Argentinosaurus huinculensis, es el Saltasaurus loricatus, descripto por Bonaparte y Jaime Powell en 1980. Estos investigadores estudiaron los restos de cinco especímenes que se hallaron juntos en la Estancia El Brete, en el sur de la provincia de Salta. Los sedimentos portadores corresponden a la Formación Lecho, de edad Maastrichtiana, la última de la era Mesozoica, con una antigüedad de unos 70 millones de años. El Saltasaurus loricatus medía hasta 10 metros de largo y tenía el cuerpo protegido por placas de 10 centímetros de diámetro y pequeños osículos de 1 centímetro.

El Argentinosaurus y el Saltasaurus nos dan una idea del amplio rango de tamaños que tuvieron los titanosaurios.

También vivió a fines del Cretácico el Aelosaurus rionegrensis, un titanosáurido descripto por Powell en 1987 cuyo largo total era de unos 15 metros. Este dinosaurio fue descubierto en la provincia de Río Negro, en sedimentos pertenecientes a la Formación Los Alamitos. En 1993, Salgado y Coria describieron nuevos restos del Aelosaurus provenientes de la localidad rionegrina de Salitral Moreno, entre los cuales había dos placas dérmicas de unos 15 centímetros de diámetro. Estas placas integraban una coraza dérmica similar a la del Saltasaurus loricatus.

Powell describió en 1986 al saurópodo titanosaurio Epachthosaurus sciuttoi basándose en una única vértebra dorsal hallada en sedimentos de la Formación Barreal de la Estancia Ocho Hermanos, Sierra de San Bernardo, provincia del Chubut. En 1975, Roberto Abel, entonces director del Museo Provincial de Cipolletti “Carlos Ameghino”, descubrió unos restos de saurópodo que Powell atribuyó al género Epachthosaurus. El hallazgo había sido realizado en la localidad de Lago Pellegrini, provincia de Río Negro, en sedimentos de la Formación Allen, depositados en el Cretácico tardío. En un estudio posterior, Salgado interpretó que este saurópodo rionegrino no correspondía al Epachthosaurus sciuttoi y en 1996 describió a estos restos como pertenecientes a una nueva especie, a la que denominó Pellegrinisaurus powelli.

Otros titanosaurios muy comunes en el Cretácico tardío de Patagonia son el Titanosaurus araukanikus de miembros esbeltos y el Neuquensaurus australis de características similares al Saltasaurus loricatus. Ambas especies provienen de las Provincias de Río Negro y Neuquén. Al igual que el resto de los titanosaurios, estas especies poseían vértebras de la cola con una articulación posterior fuertemente convexa, lo que aparentemente permitía una mayor movilidad de la cola.

El paleontólogo alemán Friederich von Huene, de la Universidad de Tübingen, que fuera contratado por el Museo de La Plata, efectuó un estudio de los dinosaurios del Cretácico de la Argentina, que fue publicado en los Anales del citado Museo de 1929. Esta obra constituye uno de los trabajos clásicos sobre dinosaurios argentinos. Entre éstos se destacaba el Antarctosaurus wichmannianus, descripto a partir de un esqueleto incompleto colectado por el geólogo Wichmann, aproximadamente en 1916, en los sedimentos de la Formación Río Colorado, de edad Conaciano –Cretácico tardío– del norte de Patagonia. Este gigantesco saurópodo pertenece al grupo de los titanosaurios.

Otro titanosaurio gigante es el Argyrosaurus superbus, descripto en 1893 por el paleontólogo inglés Richard Lydekker a partir de una extremidad anterior completa hallada por Carlos Ameghino en el río Chico de Chubut, próximo al lago Musters. En 1978, una comisión de la Universidad Nacional de Tucumán halló nuevos restos del Argyrosaurus superbus a orillas del río Senguer, al sur de Colonia Sarmiento, provincia de Santa Cruz. Estos materiales, junto con otros extraídos en el mismo lugar por el Museo Argentino de Ciencias Naturales, fueron estudiados por Powell en 1986. Los caracteres de las extremidades anteriores de este titanosaurio sugieren que estaría relacionado con el Alamosaurus sanjuanensis, un titanosáurido del Cretácico tardío de América del Norte.

Los hallazgos de huevos y nidos de dinosaurios cretácicos

Los dinosaurios fueron ovíparos y los huevos a menudo se preservan como fósiles. En Argentina existen varios yacimientos con huevos de dinosaurios de gran importancia, aunque es muy difícil identificar al dinosaurio responsable de las puestas.

Jaime Powell, de la Universidad Nacional de Tucumán, fue quien dio el puntapié inicial en el estudio de los huevos de dinosaurio en Argentina. Su área de trabajo se concentró en el norte de la Patagonia, en un área ubicada aproximadamente al sur de la localidad rionegrina de General Roca. Los nidos descubiertos por Powell eran numerosos, con huevos de cáscaras increíblemente gruesas y porosas. Powell entendió que el inusitado grosor de las cáscaras constituía una protección segura contra los depredadores.

Durante la reunión de comunicaciones sobre paleobotánica y palinología, realizada en 1990 en la Asociación Paleontológica Argentina, se dieron a conocer los resultados de las investigaciones interdisciplinarias realizadas en el Bajo de Santa Rosa, al norte de la localidad de Valcheta, provincia de Río Negro. De este yacimiento del Cretácico tardío, Bonaparte describió los restos de vertebrados fósiles y nidadas de dinosaurios.

Teresa Manera de Bianco, de la Universidad Nacional del Sur, dio a conocer en 1996 un nuevo yacimiento con nidos y huevos de dinosaurios del Cretácico tardío ubicado en la zona centro sur de la provincia de Río Negro, en un lugar conocido localmente como Cerro Blanco. Las características de estos huevos son similares a las de otros atribuidos tanto por Mones como Powell a la familia de los titanosáuridos. La amplia difusión de nidos en un mismo nivel estaría indicando una nidificación en colonias, mientras que la ausencia de modificaciones en el sedimento que rodea a las nidadas sugiere que los huevos eran enterrados en la arena para su incubación. Además de los materiales mencionados, en ese yacimiento se descubrieron impresiones de tallos y hojas de plantas, troncos silicificados, restos de invertebrados, así como de peces, tortugas, cocodrilos, dinosaurios saurópodos y terópodos.

En 1997, Calvo y Salgado, junto con Silvia Engelland y Susana Heredia, de la Universidad Nacional del Comahue, anunciaron el primer registro en Neuquén de cáscaras de huevos de dinosaurios. Los afloramientos están localizados en la ciudad de Neuquén y pertenecen a la formación Río Colorado, de edad Coniaciano o Santoniano, con una antigüedad comprendida entre unos 88 a 83 millones de años. Los huevos probablemente eran esféricos, con un diámetro estimado de 16 centímetros. De acuerdo a la estructura de la cáscara, la semejanza con otros hallados en la India y Francia, y a la presencia de restos de saurópodos en el horizonte portador, los paleontólogos asignaron los huevos a estos últimos.

Pero los hallazgos más espectaculares serían realizados en 1998, cuando un grupo encabezado por Luis Chiappe, del Museo de Historia Natural de Los Ángeles, y Rodolfo Coria, anunció el descubrimiento de cientos de huevos conteniendo embriones y restos de piel embrionaria. Esta es la primera vez en el mundo que se encuentran restos de piel de embriones y la primera vez en la Argentina que se descubren restos de embriones de dinosaurios.
¿Los últimos dinosaurios carnívoros?

El primer terópodo registrado en América del Sur es el Genyodectes serus, hallado a fines del siglo XIX en la provincia de Chubut por Santiago Roth, del Museo de La Plata, y descripto por Sir Arthur Smith Woodward, del Museo Británico. Lamentablemente, tanto la posición estratigráfica como geográfica de este fósil son desconocidas.

En los mismos sedimentos de la Formación Barreal de la Estancia Ocho Hermanos en los que se halló al saurópodo Epachthosaurus sciuttoi se descubrió el terópodo Xenotarsosaurus bonapartei, descripto por R. Martínez, O. Giménez, J. Rodríguez y G. Bochatey en 1986. El nombre genérico de este dinosaurio significa lagarto con tarso extraño y hace referencia a la inusual conexión entre los huesos tarsales y la tibia.

El Miembro Portezuelo de la Formación Río Neuquén aflora en la Sierra del Portezuelo, a unos 20 kilómetros de Plaza Huincul, en la provincia del Neuquén. Estos sedimentos corresponden a la edad Turoniana, con una antigüedad cercana a los 90 millones de años. En este yacimiento, sucesivas expediciones del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” dirigidas por Fernando Novas, descubrieron dos terópodos con características avianas y una garra gigante, la más grande de las conocidas, de un dinosaurio similar al Velociraptor, pero de un tamaño mucho mayor (Megaraptor namunhuaiquii).

En 1997, Novas describió al Patagonykus puertai, un dinosaurio con características avianas emparentado con el Mononykus olecranus, de Mongolia. Este terópodo medía unos 2 metros de largo y poseía los brazos extremadamente cortos con dedos atrofiados, excepto el pulgar, que estaba provisto de una garra robusta. En el mismo año describió también al Unenlagia comahuensis, otro dinosaurio con caracteres avianos también descubierto en la Sierra del Portezuelo. La pelvis del Unenlagia es comparable a la de la primitiva ave jurásica Archaeopteryx.

Una antigüedad algo menor tiene otro dinosaurio aviano: el Alvarezsaurus calvoi, un terópodo del tamaño de una gallina descubierto por Jorge Calvo en los terrenos de la Universidad del Comahue, en Neuquén, y descripto por Bonaparte en 1991. Los sedimentos portadores de este fósil corresponden a la Formación Río Colorado, de una edad probablemente Coniaciano, a la que le corresponde una antigüedad de 88 a 86 millones de años. El nombre genérico está dedicado al escritor e historiador neuquino Gregorio Alvarez y el específico a su descubridor.

El Velocisaurus unicus también se descubrió en los terrenos de la Universidad del Comahue. Este terópodo, descripto por Bonaparte en 1991, está representado por una extremidad posterior incompleta. El pie de este dinosaurio representa una condición anatómica muy evolucionada, no registrada en otros terópodos.

Otro pequeño terópodo fue el Noasaurus leali, descripto por Bonaparte y Powell en 1980. Este dinosaurio fue descubierto en las capas de edad Maastrichtianas de la Formación Lecho, en la Estancia El Brete, en el sur de Salta, con una antigüedad de unos 70 millones de años. El Noasaurus leali medía 1 metro de largo y poseía una garra recurvada para retener y matar a sus presas. Este dinosaurio vivió junto con el saurópodo Saltasaurus loricatus.
También procede de Salta el terópodo Unquillosaurus ceibali, descripto por Powell en 1979 a partir de un pubis izquierdo casi completo. Este pubis se halló en sedimentos de la Formación Los Blanquitos.

Entre los últimos terópodos de gran tamaño de la Argentina está el Abelisaurus comahuensis, que vivió hace unos 70 millones de años. Este dinosaurio, que mediría unos 10 metros de largo, fue descubierto por el profesor Roberto Abel, ex director del Museo Provincial de Cipolletti, en las cercanías del lago Pellegrini, en la provincia de Río Negro, y descripto por Bonaparte y Novas en 1985. El único resto que se conoce de este dinosaurio es un cráneo incompleto que mide unos 85 centímetros de largo. Otros dinosaurios afines al Abelisaurus comahuensis vivieron en Madagascar, India y Europa.

Muchas de las características de las aves, aún la presencia de plumas, son compartidas por ciertos dinosaurios. Esto hace que muchos paleontólogos sostengan que las aves son dinosaurios y que por lo tanto estos animales no se extinguieron completamente a fines del Cretácico.

Agradecimientos
Los autores agradecen al doctor José Bonaparte, del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, por la lectura crítica del primer manuscrito.

Bibliografía

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José Bonaparte. Los dinosaurios de la Patagonia argentina. Buenos Aires. Asociación Herpelógica Argentina, 1985, Serie de Divulgación Nº 3, 31 páginas.
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José Bonaparte. Los dinosaurios de la Patagonia argentina. Buenos Aires. Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, 1998, 46 páginas.
Jorge Orlando Calvo. Los dinosaurios del período Cretácico de Patagonia. Neuquén. Universidad Nacional del Comahue, 1995, 31 páginas.
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Transgresiones y Regresiones Marinas en la Región Pampeana. Geomorfología Regional.

Magnussen Saffer, Mariano (2005). Transgresiones y regresiones marinas en la Región Pampeana. Artículo divulgativo publicado en PaleoWeb – Boletín Paleontológico. Año 3, 11: 32-35. marianomagnussen@yahoo.com.ar Aviso Legal

Es muy raro que aparezca un fósil de origen marino en una zona terrestre. La explicación, proviene de los diferentes estados naturales que se han suscitado en el transcurso de los milenios.

Localmente, se denominan transgresiones marinas o ingresiones marinas a los avances de la línea de costa sobre un espacio continental, y regresiones marinas al fenómeno inverso.

La orilla del mar es "fluctuante", es decir, en la época de los glaciares el borde costero de la región pampeana se encontraba a 200 kilómetros mar adentro, sobre el borde de la actual plataforma marítima,  ya que el agua se depositaba en aquellos fenómenos naturales, llamados glaciares, lo cual impedía una entrada de mayor altitud.

De la misma manera, un interglaciar (el momento opuesto) hubo más agua, y hubo momentos en que el mar subió hasta seis metros sobre el nivel actual, de modo que lo que hoy es tierra firme, en otro tiempo se hallaba por debajo del nivel de mar.

Durante el Mioceno una gran parte de la Argentina estuvo cubierta por un mar conocido ampliamente en la literatura geológica como "mar entrerriense o paranense", del que se conocen facies marinas en el este y facies marginales y lacustres en el oeste y nororeste del país. Los espesores más potentes corresponden a los depósitos del subsuelo del ámbito Chaco-paranense,

La característica más notoria de todos estos depósitos lo constituye la abundante y diversa fauna de moluscos restringida a las facies marinas de las formaciones Paraná y Puerto Madryn y a las del subsuelo de la provincia de Buenos Aires.

Las primeras menciones sobre la existencia este mar son de índole paleontológica y datan desde mediados del siglo diecinueve. Fueron efectuadas por d’Orbigny (1842), quien halló moluscos marinos en los alrededores de la ciudad de Paraná y en la desembocadura del río Negro. Unos años más tarde, Darwin (1846) encontró la misma fauna en la península Valdés, quedando así establecida la presencia de estos depósitos en la Patagonia septentrional y en la provincia de Entre Ríos, los que constituyeron, por otra parte, las primeras citas del Terciario marino en la Argentina.

En la región mesopotámica, los depósitos miocenos corresponden a la Formación Paraná Yrigoyen (1969) y se restringen al borde oriental de la misma, aflorando a lo largo del río Paraná entre Diamante y La Paz. A diferencia de la Formación Puerto Madryn, esta unidad aflora en forma discontinua y se caracteriza por una marcada variación facial. De acuerdo con Aceñolaza (1976), la sección aflorante de la Formación Paraná no supera los 30 metros de espesor y está constituida por arcillas, arcillitas limolíticas verdosas, arenas, areniscas limolíticas amarillentas y coquinas con matriz arenosa o calcárea.

Con respecto a los ambientes de depositación de las Formaciones Puerto Madryn y Paraná en sus áreas tipo, los análisis paleontológicos y paleoambientales realizados señalan la presencia de facies marinas someras para los términos de la transgresión, que se extienden desde la Patagonia hasta la provincia de Entre Ríos, a lo largo de una franja de rumbo norte-sur, de aproximadamente 1100 kilómetros de longitud.

La Formación Paraná habría sido depositada en un ambiente marino somero con influencias deltaicas (Iriondo, 1973). Por otra parte, Aceñolaza y Aceñolaza (2000) determinaron que esta unidad correspondería a una secuencia transgresiva depositada desde ambientes aéreos o subaéreos a submareales, representados estos últimos por barreras arrecifales.

Con respecto a la Formación Puerto Madryn aflorante en los alrededores de la ciudad de Puerto Madryn y la península Valdés, se determino que se trata en términos generales de una secuencia regresiva con facies depositadas en la plataforma por debajo de la base del tren de olas en ambientes de baja energía, y de facies más someras depositadas en un ambiente con dominio alternativo de mareas y tormentas (facies de lenguas arenosas submareales, de canales de mareas, coquinas tempestíticas y planicies de mareas) y paleosuelos.

A conclusiones similares arribaron Zucol y Brea (2000), quienes determinaron condiciones tropicales a subtropicales húmedas para el palmar desarrollado en el ambiente marino costero donde se habrían depositado las sedimentitas de la Formación Paraná.

La transgresión marina llamada Mar Paranense habría comenzado hace unos 15 y 14 Millones de años, y habría concluido hace 7 y  6 Millones de años abarcando desde el mioceno medio al tardío (algunos autores sostienen hasta comienzos del plioceno).

La ingresión de este mar se dio por el río de la Plata y la cuenca del río Salado (Provincia de Buenos Aires).

Era un mar somero, de aguas con temperaturas levemente superiores a las actuales y de una gran extensión areal, abarcando la casi totalidad de la llanura chaco - pampeana y extendiéndose hasta el sur de Brasil, Bolivia y Paraguay. El flanco oeste tenía sus costas en las cercanías de las sierras Pampeanas, mientras que la costa oeste llegaba hasta el actual río Uruguay. El flanco norte llegaba hasta la región del Pantanal, en la parte superior del río Paraguay.

La concentración salina habría ido en descenso hacia el interior del continente, sobre todo por los aportes de agua dulce de los numerosos ríos que desembocaban en el citado mar.

Los movimientos de levantamiento andino en el mioceno medio habrían sido causales del hundimiento de la llanura chaco pampeana, permitiendo así la ingresión de aguas del Océano Atlántico al continente, mientras que los movimientos de elevación de las Sierras Pampeanas (que ya existían desde tiempos inmemoriales, pero por acción del levantamiento andino sufrieron nuevos elevamientos y fracturación de sus bloques formantes) a finales del mioceno habrían contribuido a la regresión de este mar.

Durante el Cuaternario también hubo algunas transgresiones marinas (pero no tan importantes como la anterior) asociadas sobre todo a los periodos interglaciares, donde el agua de deshielo de los casquetes polares aumentaba los niveles de los océanos. Una de las más recientes fue la denominada Mar Querandí, que ocurrió hace 7500 a 4000 años atrás, inundando el estuario de la Plata (que fue por donde ingresó) y llegando por el río Paraná hasta la altura de la ciudad de Diamante, Entre Ríos.

Durante el Cuaternario también hubo algunas transgresiones marinas (pero no tan importantes como la anterior) asociadas sobre todo a los periodos interglaciares, donde el agua de deshielo de los casquetes polares aumentaba los niveles de los océanos. Una de las más recientes fue la denominada Mar Querandí, que ocurrió hace 7500 a 4000 años atrás, inundando el estuario de la Plata (que fue por donde ingresó) y llegando por el río Paraná hasta la altura de la ciudad de Diamante, Entre Ríos.

Cabe destacar que en la historia hubo varias ingresiones (o entradas de mar) registradas. Una de ellas data de 120.000 años y la segunda es la que dio origen a la laguna de Mar Chiquita y los sedimentos de Punta Hermengo hace 6.000 años (Formación Querandi).

En la zona costera de Buenos Aires se reconocen varios niveles correspondientes a otras tantas probables oscilaciones del nivel marítimo. A lo largo de la costa atlántica del NE Argentino, el nivel mas antiguo se encuentra en el interior de la Formación Ensenada, al cual Ameghino (1889) llamo Intersenadense. Esta transgresion, que se desarrolla a lo largo de la desembocadura del Rió de La Plata. Otras tres pulsaciones marinas sucesivas han sido descriptas en esta zona costera: Belgranense, Querandinense y Platense marino.

En la zona de Miramar, se conocen depósitos referibles a la ingresion holocenita, en particular, en la serie expuesta en la desembocadura del Arroyo Las Brusquitas, y en facies salobres en Punta Hermengo. Ambos poseen una antigüedad de 6000 años.

La serie de Las Brusquitas, situada sobre la costa atlántica Argentina, en la desembocadura del arroyo homónimo, pertenece a un ambiente marino – salobre en el cual se suceden indicios de oscilaciones del nivel del mar, bajo forma de depósitos con fósiles de ambientes claramente marino costero, intercalado con depósitos fluviales y salobres.

Se pueden encontrar en estos sedimentos, restos óseos de distintos vertebrados, pero escasos. Se caracteriza por la gran variedad de moluscos, como Biomphalaria, Littoridina parchappei y Littoridina australis entre otras, abundantes en el perfil y representativas de todo los ambientes, dulceacuicola, salobre y mas ampliamente marino.

<<<<Cordón de conchillas del holoceno de "Las Brusquitas".

Hace aproximadamente 8000 años y tras una importante desglaciación, el mar (formación Querandi) llegó hasta lo que ahora es la Ruta Nacional Nº 2 y desde el río Salado hasta San Pedro (Provincia de Buenos Aires). Cuando las aguas se retiraron (hace unos 4000 años), el terreno adquirió una fisonomía heterogénea. Los sedimentos salinos formaron mantos geológicos capaces de alterar el sabor y las características de las aguas en las zonas deprimidas o bañados, esto justifica la aparición reiterada de la palabra "salado" en nombre de ríos, arroyos y lagunas.

Bibliografía Sugerida.

Aceñolaza, F.G. 1976. Consideraciones bioestratigráficas sobre el Terciario marino de Paraná y alrededores. Acta Geológica Lilloana 13 (2): 91-107. Tucumán.

Aceñolaza, F.G. 2000. La Formación Paraná (Mioceno medio): estratigrafía, distribución regional y unidades equivalentes. En: Aceñolaza F. G. y Herbst, R. (eds.), El Neógeno de Argentina. Correlación Geológica 14: 9-27.

Aguirre, M. L. 1990. Asociaciones de moluscos bentónicos marinos del cuaternario tardío en el noroeste bonaerense. Ameghiniana 27: 161-177.

Alberd M. T. i, Leona G. y Tonni E. P. (editores). Evolución biológica y climática de la región pampeana durante los últimos cinco millones de años. Un ensayo de correlación con el Mediterráneo occidental. Madrid, Museo Nacional de Ciencias de Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, Monografías 12.

Bravard, A. 1858. Monografía de los terrenos marinos terciarios de las cercanías del Paraná. Imprenta del Registro Oficial. 107 pp. Paraná. (Reimpresión Imprenta del Congreso de la Nación, 1995).

Cozzuol, M.A. 1993. Mamíferos acuáticos del Mioceno medio y tardío de Argentina. Sistemática, evolución y biogeografía. Tesis Doctoral, Facultad de Ciencias Naturales y Museo, UNLP. 178 pp. Inédita.

Francesco C.G. y Zarate, M.A.1999. Análisis tafonomico de Littoridina Souleyet, 1852 (Gastropoda: Hydrobiidae) en perfiles holocenos del rio Quequen grande (Prov. Buenos Aires): significativo paleobiologico y paleoambental. Ameghiniana 36 (3): 297-310 Bs.As.

Fidalgo, F.; Tonni, E.P. 1983. Geología y Paleontología de los sedimentos encauzados del Pleistoceno tardío y Holoceno en Punta Hermengo y Arroyo Las Brusquitas (Partido de General Alvarado y General Pueyrredón, Provincia de Buenos Aires). Ameghiniana, Vol. 20, Nos. 3-4, p. 281-296.

Firinati, E.A. y Aliotta, S.A. 1995. Análisis tafonomico de conchillas en cordones holocenos, Bahía Blanca, Argentina. 4  Jorn. Geológicas y geofísicas bonaerenses (Junin) Actas 1: 89 – 97.

Herbst, R. y Zabert, L.L. 1987. Microfauna de la Formación Paraná (Mioceno superior) de la cuenca Chaco-Paranense (Argentina). Facena 7: 165-206. Corrientes.

Tonni E.P. y Cione, A.L. Los mamíferos y el clima en el Pleistoceno y Holoceno en la provincia de Buenos Aires.- Jornadas de Arqueología e Interdisciplinas, PREP, CONICET, pp. 127-142; Climas en el Cuaternario de la Región Pampeana y cambio global. II Seminario sobre las Geociencias y el cambio global, Asoc. Geol. Arg., Serie D, Publ. esp. N° 2:33-35; 1995.

 


El largo viaje al Plata del Diplodocus carnegii.

Por Irina Podgorny de la UNLP-CONICET y Tobías Plöger de la Universität Köln.

Fragmento del articulo publicado en la Revista de la Fundación Ciencia Hoy. Volumen 9 - Nº 51 MARZO-ABRIL 1999. Primera imagen original del articulo. Las siguientes son del archivo de PaleoArgentina Web. Aviso Legal

Desde 1912 se exhibe en una sala del Museo de La Plata el regalo que el multimillonario norteamericano Andrew Carnegie le hizo al entonces presidente Roque Sáenz Peña. Se trata de un calco de la reconstrucción del enorme dinosaurio Diplodocus carnegii, y cuyo nombre es un homenaje a Carnegie por su mecenazgo al Museo de Pittsburgh y a la paleontología norteamericana. La réplica es similar a las que existen en varios museos de historia natural de Europa, pero es la única en América Latina. La donación puede entenderse como parte de la misión de paz que las instituciones creadas y mantenidas por Carnegie pretendían impulsar en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. El reptil fósil norteamericano llegaba a la Argentina para compartir las salas con los grandes mamiferos autóctonos que expresaban la riqueza fosilífera de esta parte del continente; en el Norte, en cambio, los hallazgos de las expediciones paleontológicas norteamericanas a las montañas Rocallosas, rivalizaban con los dinosaurios de Inglaterra y Europa continental.

La categoría de los Dinosauriae fue creada en 1841 por Richard Owen, el especialista inglés en anatomía comparada. Comprendía a reptiles de enorme tamaño, cuello y cola largos, y cráneo pequeño en comparación con el resto del cuerpo. El orden se conformaba con especimenes de formas extremadamente variadas que vivieron en el Mesozoico (245 a 66 millones de años). Su distribución mundial quedó demostrada ya a principios del siglo XX, por los hallazgos en toda América, Madagascar, China, India, Africa oriental y Europa. Recordemos que los primeros restos fueron descubiertos a comienzos del siglo pasado en las capas del Jurásico (208 a 114 millones de años) y del Wealden (144 a 138 millones de años) ingleses y que las primeras descripciones las realizaron Buckland en 1824 y Mantell en 1825. A la gran tarea sistemática de Richard Owen, deben sumarse las de Thomas Henry Huxley, John Phillips, Edward Cope y Othniel Marsh. Fue este último quien los dividió en tres subórdenes: Theropoda, Saurapoda y Predentata; mientras que H.G. Seeley los agrupó en Saurischia y Ornithischia. En el suborden de los Sauropoda -el grupo menos especializado dentro de los Saurischia-, se constituyó la familia de los Diplodocidae, con el género Diplodocus, a partir de los restos hallados en el Jurásico Superior (163 a 144 millones de años) de la Formación Morrison en Colorado y Wyoming (EE.UU.). El Diplodocus era el más especializado de los saurópodos, lo que se hacia patente por la forma elongada de las regiones caudales y cervicales, lo escueto de la porción dorso-lumbar, la estructura compleja de las vértebras, la marcada reducción del número y del tamaño de los dientes, y por la naturaleza reducida de los dígitos III, IV y V en el pie.

Othniel Marsh, profesor de la Universidad de Yale (EE.UU.), fue quien inventó el nombre de Diplodocus.

DIPLODOCUS CARNEGII. REPRODUCCIÓN DE UN EJEMPLAR PROCEDENTE DEL JURÁSICO SUPERIOR,
WYOMING (ESTADOS UNIDOS). MUSEO DE HISTORIA NATURAL, LONDRES

El, gracias a la fortuna que le había legado su tío George Peabody, pudo costear sucesivas expediciones a las Rocallosas para buscar los preciados restos de dinosaurios. También creó en 1878 el género Diplodocus a partir de las vértebras de la cola y fragmentos de las patas que halló su equipo en los estratos del Jurásico del estado de Colorado (EE.UU.).

Marsh compuso el nombre a partir de dos palabras griegas: diploös, doble, y dokos, viga o bao; se inspiró en los "chevrones" de las vértebras de la parte baja de la cola del reptil, que se presentaban en pares a semejanza de la estructura de las vigas de un navío. La forma y la estructura del animal se dio por resuelta con los hallazgos sucesivos de una pelvis y de gran parte de la cola, descriptas por Henry Fairfield Osborn, paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y heredero de una familia millonaria.

Las copias no fueron recibidas de la misma manera en todos lados. En Alemania, particularmente, se desató un intenso debate acerca del diseño del Diplodocus. Para algunos paleontólogos alemanes, los norteamericanos habían caído en el error de presentar las patas del reptil a la manera de los paquidermos, cuando hubiese sido más apropiado concebirlas como las de los cocodrilos. También fue cuestionada la forma del cuello y de los pies, pero finalmente triunfó la interpretación consagrada por la réplica hecha en Pittsburgh. Este debate ocupó varias sesiones de la "Sociedad de amigos de las ciencias naturales de Berlin", además de muchas páginas en las revistas científicas alemanas y norteamericanas, que prolongaba, de alguna manera, la disputa entre Owen y Huxley sobre el lugar de los dinosaurios en el orden natural. Por otro lado, los mismos críticos señalaban que los científicos franceses sólo se habían preocupado por la estética de la instalación, descuidando el problema más polémico: la ligereza de los norteamericanos en la interpretación de la forma arquetípica de los dinosaurios.

El Diplodocus en el Plata.

Si se tiene en cuenta que la tarea filantrópica y científica de Carnegie estaba orientada más bien hacia Europa, resulta extraño la donación del Diplodocus a un museo sudamericano. Por otra parte, además de los museos y del Instituto Carnegie en Pittsburgh, los fondos del millonario se destinaban a la investigación científica, entre las que se cuentan las excavaciones de sitios arqueológicos en México y Centroamérica, y a la creación en los Estados Unidos, Europa y África de bibliotecas para la educación de niños con pocos recursos. La llegada del Diplodocus a las orillas del Plata fue un acto excepcional, no solo para los fondos de Carnegie, sino incluso para las mismas instituciones científicas argentinas.

Desde 1906 el Museo de La Plata formaba parte de la nueva universidad nacional fundada por Joaquín V. González, y se había establecido contando con las colecciones con que en 1877 Francisco Moreno había creado el Museo Antropológico de la Provincia de Buenos Aires. El volumen de las mismas no era suficiente para completar las salas del edificio monumental que se levantó en 1884 en la nueva capital provincial: las cartas de Moreno hablan a las claras de la premura con que tuvo que reunir los materiales para llenar esos enormes espacios que hacían parecer pequeños hasta los magníficos gliptodontes pampeanos. Aún en la primera década de este siglo había salas casi vacias, razón por la cual en 1911 Lehmann-Nitsche, jefe de la Sección de Antropología, inició las gestiones ante la embajada argentina en Washington para recibir una reproducción del Diplodocus carnegii. Ya antes se había dirigido a Mr. Robert Woods Bliss, encargado de negocios de los Estados Unidos en la Argentina, quien en la respuesta oficial del 10 de enero de 1911, comenta: "Acuso recibo de su carta de fecha 5 en relación a su deseo de que el Sr. Andrew Carnegie regale al Museo de La Plata un modelo de yeso del Diplodocus carnegii, similar a las reproducciones que el Sr. Carnegie ya ha donado a varios museos europeos. Ud. manifiesta que al presente hay en el museo una sala del tamaño adecuado para albergar la reproducción que solicita, y añade que no sería difícil obtener dicha reproducción por vía diplomática ya que aún existen los moldes originales". En la carta se destaca que el pedido no lo inician las autoridades del museo ni de la universidad, sino el jefe de la Sección de Antropología, que no era el responsable de la sala que se ponía a disposición. La embajada norteamericana no aceptó oficialmente el trámite, dado que se trataba de interceder ante un particular: "Esta legación, sin embargo, no puede presentar una solicitud a un particular pidiendo un regalo para una institución del país donde se encuentra la legación". De todos modos, Woods Bliss le aconsejó a Lehmann-Nitsche cuáles podrían ser los canales para lograr la donación. Las gestiones tuvieron éxito y en septiembre de 1912 llegaban al país el director del Museo de Pittsburgh, William Holland, y su preparador en jefe, Arthur Coggeshall, para ocuparse de la instalación del Diplodocus. Ambos habían montado el modelo en los museos europeos y acumulaban práctica y experiencia -además de accidentes-, como para relatar innumerabIes anécdotas a quien quisiera escucharlos. Los norteamericanos fueron alojados en una casa del Observatorio Astronómico, a corta distancia del museo. Como en todos los casos anteriores, el Diplodocus tenía el carácter de regalo al primer mandatario del país.

El técnico Mariano Magnussen Saffer, junto al ejemplar de Diplodocus carnegii exhibido en el Museo de La Plata en la actualidad. (2018)

La instalación duró aproximadamente un mes y pasó absolutamente inadvertida para los medios periodisticos; sólo Caras y Caretas envió un corresponsal a La Plata para conversar con el Dr. Holland, y publicó un artículo profusamente ilustrado con una nota autografiada donde el norteamericano expresaba su deseo de "reencarnar en este suelo". La ausencia de noticias sobre la llegada a La Plata del colosal dinosaurio no puede adjudicarse a la falta de interés por las ciencias naturales, tanto los diarios platenses como los porteños publicaban las novedades que ocurrían en los jardines zoológicos y los hallazgos de fósiles en distintas regiones del país. Pero sí se ocupaban en extenso de los eventos sociales que acompañaban al ceremonial de la ciencia. Aquí a diferencia de las inauguraciones europeas, no hubo festejos en el museo sino que se organizaron sucesivos banquetes en honor al Dr. Holland.

En ninguno de ellos participó el presidente de la Nación quien, no obstante, recibió al paleontólogo en su despacho de la casa de gobierno el 15 de octubre de 1912.

La visita fue casi ignorada por los diarios de Buenos Aires, que sólo la consignaban como otorgada a "Juan Holland" en la escueta lista de las cinco audiencias presidenciales del día. Esta circunstancia contrasta con lo que asienta William Holland en su diario, donde pondera la cultura y el manejo del inglés de Sáenz Peña. Recordemos que de regreso a su país, Holland publicó las impresiones del viaje en el libro To the River Plate and back, donde se extendía sobre las contradicciones que había observado en la sociedad argentina. A modo de testimonio documental, se incluían en el volumen fotos del Teatro Colón y del Jockey Club, junto con las viviendas de los sectores más pobres de la ciudad de Buenos Aires.

El 24 de octubre de 1912, el Consejo Superior de la Universidad Nacional de La Plata organizó en el salón imperial del Jockey Club el banquete de despedida al "ilustre huésped", al que fueron invitados funcionarios nacionales y provinciales, los embajadores de Estados Unidos, Chile y el Reino Unido, profesores universitarios y directores de museos. En el brindis que honraba al enviado de Carnegie, Joaquín V. González se explayó sobre el papel que le cabía a la ciencia en el fortalecimiento de la paz internacional: "Tengo entendido que si las convenciones políticas fundadas en la sola voluntad e intereses transitorios de las partes pueden crear períodos más o menos duraderos de paz, sólo la ciencia puede hacerlos estables y permanentes, porque sólo ella es capaz de crear una armonía perfecta de todos los hombres, porque los hace conocerse los unos a los otros -lo que es amarse-, y los hace comprender en qué y por qué son todos iguales: lo que quiere decir suprimir la causa generadora de todo conflicto humano y de toda perturbadora ambición. El Diplodocus carnegie o Pacificus se halla ya instalado en el Museo de La Plata, entre una pléyade colosal de sus contemporáneos patagónicos para dar fe en todo tiempo venidero, de una remotísima época acerca de la cual, si no me atreviera a afirmar que reinase siempre la paz, aun fundada en el equilibrio de las fuerzas físicas, no vacilaría en decir que por lo menos todos los seres de la escala superior, incluso el hombre, podían sin rubor alguno llamarse grandes; mientras que los otros, los de la época actual, con toda la ciencia, las religiones y las filosofías acumuladas, apenas podemos comprendernos, igualarnos artificialmente, y vivir en paz unos al lado de otros, en nuestra péqueñez reconocida". Con este brindis, González parecía querer celebrar los vínculos de solidaridad establecidos por la práctica científica internacional y la creación en el museo de un monumento a la convivencia pacífica entre los pueblos americanos. De esta manera, según su retórica científico-espiritualista, la réplica industrial del viejo esqueleto se incorporaba a un paisaje idealizado de virtudes morales, para instalar en las salas del museo un símbolo de la paz que se legaba al futuro.

Mariano Magnussen Saffer junto a dos fémures de Antarctosaurus en el Museo de La Plata. (archivo)

A los pocos años, la permanencia pacífica del Diplodocus en las salas de paleontología del museo fue perturbada. En 1920 fueron desenterrados en Neuquén los restos de un dinosaurio que pasó a denominarse Antarctosaurus. Los huesos de las patas medían más de dos metros, con lo que superaba en tamaño al Diplodocus y al Gigantosaurio africano: el "dinosaurio argentino" pasaba a ser el más grande de todos los tiempos y de toda la Tierra. La Sección de Paleontología del Museo de La Plata aprovechó la estructura del dinosaurio norteamericano para montar al lado de sus patas traseras los dos fémures del Antarctosaurus, de manera tal que la imaginación del público pudiera concebir cuán grande debió haber sido el reptil local en comparación con su símil estadounidense. Este acto de orgullo nacional por poseer el dinosaurio más grande, hacía evidente la imposibilidad de reconstruir en la Argentina un modelo completo, no sólo por la falta de recursos técnicos, sino fundamentalmente por la desprotección económica en que se encontraba la investigación científica. La reproducción en serie del Diplodocus carnegii fue posible gracias a un proceso de institucionalización de las ciencias que se fundaba en la estrecha alianza entre los organismos de investigación y el capital privado.

En este sentido, la exaltación de la grandeza natural estadounidense era sólo una excusa para propagar por el mundo entero la gloria industrial del sueño americano. Las patas del Antarctosaurus, en cambio, daban al Diplodocus de La Plata la apariencia de un monstruo de seis patas: el dinosaurio argentino quedaba anclado en los sueños retóricos sobre la grandeza del pasado.

La Primera Guerra Mundial acabó con los sueños de paz y amistad internacional promovidos por la ciencia y, en consecuencia, en la posguerra se afianzaron definitivamente los principios de clausura y rivalidad entre las tradiciones científicas de cada país. Andrew Carnegie murió en 1919, cuando ya era evidente el fracaso de la misión de paz de su Diplodocus.

LECTURAS SUGERIDAS

DESMOND, ADRIAN, 1979, "Designing the Dinosaur: Richard Owen's Response to Robert Edmond Grant", Isis, 70: 224-234.

DESMOND, ADRIAN, 1982, Archetypes and Ancestors. Paleontology in Victorian London 7850-7875, The Chicago University Press, Chicago.

KOHLER, ROBERT E., 1991, Partners in Science. Foundations and Natural Scientist 1900-1945, The Chicago University Press, Chicago.

RUDWICK, MARTIN J.S., 1972, The meaning of Fossils: Episodes in the History of Paleontology, MacDonald. (Hay traducción española), Londres.

RUDWICK, MARTIN J.S., 1992, Scenes from the deep time, The Chicago University Press, Chicago

 


Diario de un Caracol: cómo era el clima en el pasado.

 Sobre Investigación. Claudio De Francesco. Investigador Adjunto. Instituto de Geología de Costas y del Cuaternario (Universidad Nacional de Mar del Plata). Fuente: Por Elena Aga (Mar del Plata) prensa@conicet.gov.ar. Imágenes ilustrativas de nuestro Archivo. Aviso Legal

El investigador del Conicet Claudio De Francesco afirma que los caracoles de agua dulce que habitan en el centro-oeste de Argentina son buenos indicadores para inferir las condiciones ambientales del pasado, con registros que abarcan más de 35.000 años.

Los caracoles que habitan los cuerpos de agua continentales como ríos, arroyos y lagunas están comúnmente representados como fósiles en la mayoría de los afloramientos de edad cuaternaria de la Argentina, lo cual nos permite reconstruir cómo fue el clima en el pasado. ¿De qué manera? Conociendo el ambiente en el que vive cada especie de caracol en la actualidad.

Desde 2007 se ha comenzado a estudiar la relación entre los caracoles y las principales variables ambientales que pueden condicionar su distribución, a lo largo de una gradiente de cuerpos de agua tales como ríos, lagunas, arroyos, embalses y canales. El estudio se está desarrollando en la provincia de Mendoza y el oeste de San Luis.

Los resultados indican que los caracoles en general prefieren cuerpos de agua muy superficiales, con abundante vegetación acuática, de baja salinidad, de fondos fangosos y baja o nula velocidad de corriente.

 Una excepción a la regla es el caracol Heleobia parchappii, que tiene la capacidad de tolerar salinidades altas, incluso de valores similares a las del mar. Por esta razón es muy abundante y usualmente la única especie presente en las numerosas lagunas salobres presentes en las provincias de La Pampa, San Luis, Mendoza y Buenos Aires, constituyendo un buen indicador de este tipo de ambientes.

De acuerdo a los estudios de De Francesco se pueden reconocer tres agrupaciones principales de caracoles: la parchappii, restringido en aguas salobres; el Lymnaea viator, Biomphalaria peregrina y Physa acuta, característico de ambientes lacustres o de muy baja velocidad de corriente (arroyos pequeños de bajo caudal), y el Heleobia hatcheri, Heleobia cf. kuesteri, Chilina mendozana y el bivalvo Pisidium chiquitanum, característico de ambientes con mayor velocidad de corriente, como ríos y arroyos.

Los tres grupos de caracoles definidos a partir de los estudios actuales se reconocen también en los depósitos fosilíferos de las provincias de Mendoza y San Luis (con la excepción de las especies P. acuta y H. hatcheri), permitiendo aportar abundante y valiosa información para bosquejar un modelo de evolución paleoambiental para el Pleistoceno tardío (35.000-10.000 años) y Holoceno (últimos 10.000 años) de la región. Así, el registro de caracoles más antiguo está dado para los 35.000-31.000 años a.p., representado por las especies  L. viator y B. peregrina (segundo grupo del modelo actualista explicado arriba) que indica un momento de energía relativamente baja.

Se trataría de pequeños encharcamientos, probablemente originados en meandros abandonados de ríos, que habrían estado sujetos a sumersiones ocasionales dentro de un régimen semi-temporario. Este momento habría sido más cálido y húmedo que aquellos registrados para el resto del Pleistoceno.

Entre los 30.000 y los 20.000 años a.p. no se registran caracoles, lo que podría vincularse a un incremento en la aridez regional y descenso de la temperatura. A partir de los 20.000 años a.p. se registra por primera vez C. parchappii (indicador de aguas con velocidades de corriente moderadas a altas) en Salinas del Bebedero.

Con posterioridad, este caracol se registra de manera casi continua hasta finales del Pleistoceno, lo que respondería a un incremento en la circulación efectiva de agua en toda la cuenca. Los ríos habrían desarrollado un importante caudal para este momento que, sumado al escaso desarrollo de la vegetación debido a las condiciones de aridez imperantes, habrían resultado en condiciones de alta energía. Esta situación se habría mantenido hasta comienzos del Holoceno.

A partir de los 10.000 años a.p. se registran además B. peregrina y H. parchappii tanto en San Luis como en Mendoza, lo que se interpreta como momentos de alternancia entre condiciones de alta circulación de agua en la cuenca y episodios de encharcamientos (probablemente en la llanura de inundación del cauce principal), esto último indicativo de una disminución en la energía relativa del ambiente.

Entre los 8000 y 4000 años a.p. (Holoceno medio) no se registran caracoles, lo que podría deberse nuevamente a la existencia de condiciones áridas.

Finalmente, durante el Holoceno tardío (últimos 4000 años) se produce un mejoramiento ambiental evidenciado por la mayor abundancia y diversidad de caracoles dulceacuícolas. En general, el panorama paleoambiental para este momento es de poca circulación de agua efectiva, dando origen a encharcamientos o pequeñas lagunas, muy vegetadas, donde las especies hallarían un hábitat adecuado.

 Este modelo de inferencia paleoambiental está actualmente siendo ajustado a través de la incorporación de otros aspectos preservados en las conchas de los caracoles que pueden dar idea de cómo fue el ambiente, como son los procesos de alteración sufridos desde la muerte hasta la fosilización (procesos tafonómicos) y la composición mineralógica, principalmente en algunos elementos químicos (carbono y oxígeno) que están directamente relacionados al clima del momento.

Fuente: Conicet.

 


El origen de las flores.

Por Ari Iglesias y Mauro Passalia, Paleontólogos del INIBIOMA (CONICET-UNCOMA). Originalmente publicado en ANB, y adaptado para este medio. ari_iglesias@yahoo.com.ar  Aviso Legal

Hoy en día, al llegar la primavera podemos ver flores de muy variadas formas y colores. El resultado de la fecundación de las flores da lugar a llamativos frutos conteniendo las semillas, que al germinar darán origen a una nueva planta, completando así el ciclo reproductivo del gran grupo de plantas con flor que denominamos “angiospermas”.

Actualmente, las angiospermas, presentan una notable diversidad de hábitos de crecimiento y dominan prácticamente todas las comunidades vegetales (¡hay angiospermas incluso en la Antártida!). Agrupadas en 400 familias, se estima que este grupo de plantas está compuesto por de 300.000 especies, lo cual excede la diversidad específica conjunta de otros grupos de plantas terrestres.

No obstante, este mundo florido tal como lo conocemos actualmente, no siempre ha sido así. A lo largo de la historia de la Tierra, las comunidades vegetales estuvieron dominadas por diferentes grupos de plantas que le daban un aspecto muy diferente al que hoy conocemos. De hecho, desde que las primeras plantas colonizaron los ambientes terrestres hace unos 450 millones de años, debieron pasar 300 millones de años más de evolución para que aparezcan las primeras flores.

Las angiospermas se diferencian de otras plantas terrestres -como por ejemplo las coníferas, los helechos y los musgos- por desarrollar flores. Sin embargo hay otras diferencias vinculadas a su reproducción, al desarrollo de tejidos para el transporte de agua y azúcares en la planta, como así también en la capacidad de adaptarse a distintos hábitos de vida.

¿Qué es una flor ?

Las flores son los órganos reproductivos de las angiospermas. Básicamente consisten en estructuras portadoras de uno o varios ciclos de brácteas (pétalos y sépalos) y órganos fértiles masculinos (el androceo, consistente de estambres productores de polen) y femeninos (el gineceo, que envuelve y protege a los óvulos que luego generarán los frutos y las semillas). La mayoría de las angiospermas tienen flores hermafroditas (con los dos sexos), pero hay especies que desarrollan sus órganos masculinos y femeninos en flores separadas.

La evidencia inequívoca más antigua de una planta con flor es del período Cretácico Inferior (hace 140 millones de años), luego se observa una radiación (generación de nuevas especies) muy rápida hacia el Cretácico medio (hace 100 millones de años) y, hacia finales de este período y comienzos del Paleógeno (65-60 millones de años), el grupo ya dominaba la mayoría de los ambientes y presentaba una distribución cosmopolita (en toda la Tierra). Las evidencias fósiles sugieren que este grupo de plantas se originó en latitudes bajas, próximas al Ecuador, desde donde migraron en dirección a ambos polos.

Pero... ¿ De dónde se originaron las flores ?

Esta es una de las preguntas más famosas en las ciencias de la vida, que aún es tema de debate. Charles Darwin en 1859 definió esta pregunta como un "abominable misterio", ya que no se encontraban indicios que permitieran explicar cómo y a partir de que plantas se habrían originado las flores. Hoy, con la suma de nuevas evidencias científicas sabemos muchas cosas para explicar de donde se generaron las flores.

El registro fósil demuestra que hubo muchos intentos en la historia evolutiva por generar plantas que se asemejaron de una u otra forma a las angiospermas. Algunos linajes primitivos crearon estructuras similares a flores (como las Pteridospermas y las Bennettitales, grupos de plantas hoy extintos). A pesar de que estos grupos tuvieron éxito en su época (fueron dominantes o se dispersaron por todo el mundo), en algún momento se extinguieron y, en la actualidad, no tenemos ningún representante para conocerlo en su forma viva.

Fue a partir de un ancestro vinculado a estos grupos de plantas primitivas, que en el Cretácico Inferior o incluso antes, un grupo minoritario de pequeñas plantas herbáceas, asociadas a ambientes acuáticos, tuvieron la chance de diversificarse y expandirse, y evolucionaron convirtiéndose en el gran grupo que conocemos como angiospermas.

El registro fósil da cuenta que las primeras angiospermas tenían flores muy pequeñas y no tan vistosas. También nos muestra que ya desde sus orígenes (hace 140 millones de años) sus flores presentaban adaptaciones para la dispersión del pólen tanto por el viento como por medio de sus aliados, los insectos. Es muy probable que su íntima relación con los insectos les haya brindado a las angiospermas una ventaja adaptativa por sobre otros grupos de plantas.

¿Hay fósiles de flores en Argentina?

Si, hay muchos fósiles de flores, como así también de frutos, semillas, hojas, leños, polen, etc. que dan cuenta de la abundancia de las angiospermas en las comunidades vegetales del pasado. En Patagonia, tenemos un excepcionalmente rico y diverso registro fósil de angiospermas que nos permite ir reconstruyendo la historia evolutiva del grupo en el sur del Continente. Los restos fósiles más abundantes consisten en polen y hojas. El registro más antiguo de angiospermas en Patagonia, y uno de los más antiguos del Hemisferio Sur, ha sido encontrado en la provincia de Santa Cruz y tiene aproximadamente 120 millones de años, reconociéndose gracias al intrincado patrón de venas que tienen sus hojas. Para este momento, las plantas con flor eran un componente menor en la comunidad vegetal, donde dominaban los helechos y otros grupos de plantas con semilla. Cerca de 20 o 25 millones de años después, las angiospermas se vuelven un componente importante de las paleo-comunidades vegetales; aspecto que se acentuó hacia el Cretácico tardío.

Otro registro fósil de angiospermas abundante en Argentina lo constituye la madera petrificada. No solo existente en aquellos bosques petrificados tan famosos en Patagonia, sino también diseminado entre los cantos rodados de la estepa. Al ser tan duros resisten mucho la abrasión por los ríos, los vientos y las condiciones climáticas extremas del invierno y el verano quedando mezclado entre las rocas más duras. Las flores, por ser tan delicadas, son menos comunes en los yacimientos fósiles. No obstante existen en Patagonia yacimientos excepcionales, donde la fina ceniza volcánica de erupciones pasadas sepultó estos órganos y permitió su preservación.

Los yacimientos fósiles en Río Negro, Chubut y Santa Cruz demuestran que hace 50 millones de años en la Patagonia se desarrollaban selvas y bosques frondosos con plantas con flores y frutos tan variados como en las selvas misioneras y brasileras. Muchos de estos fósiles pueden ser vistos en la sala de exhibición del Museo Paleontológico Bariloche.

Considerando que los cereales (arroz, maíz, trigo), pasturas y las plantas que tienen frutos tienen flores y, por ende, son angiospermas; podemos darnos cuenta que este grupo de plantas constituye hoy la parte más importante de los recursos alimenticios sobre la Tierra. Esto último, en forma directa e indirecta, mediante la alimentación de aquellos animales herbívoros que son fuente de los carnívoros.

Es muy difícil pensar en un mundo con los mismos animales pero sin la existencia de plantas con flores. No obstante esto ocurrió por más de 350 millones de años en la historia evolutiva de las plantas sobre la Tierra.

Entender como eran las cadenas alimenticias de entonces, manteniendo o inclusive superando la biomasa vegetal y animal en la Tierra es todo un reto para los científicos. Quizá, de alguna manera, su estudio pueda brindar claves para el desarrollo de formas alternativas o de sobre-vivencia ante climas totalmente diferentes a los actuales.

 


Bicentenario del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” de Buenos Aires, Argentina.

El origen del Museo Argentino de Ciencias Naturales se remonta al año 1812, oportunidad en la que el Primer Triunvirato, por inspiración de Bernardino Rivadavia, invitó a las provincias a reunir materiales para "dar principio al establecimiento en la Capital de un Museo de Historia Natural". Esta iniciativa se concretó en 1823, mediante una resolución firmada por Rivadavia, entonces ministro de Martín Rodríguez.

A lo largo de su larga vida el Museo se alojó sucesivamente en las celdas altas del Convento de Santo Domingo, en la Manzana de las Luces y algunos edificios de la plazoleta Monserrat, hasta instalarse definitivamente en 1937, en el edificio que hoy ocupa, construido de acuerdo a los cánones arquitectónicos vigentes en la época para los museos de ciencias europeos.

Por sus salas y laboratorios pasaron investigadores de la talla de Alcides d’Orbigny Fernando Lahille, L.Kraglievich, Eduardo Ladislao Holmberg, María Isabel Hylton Scott, Alberto Castellanos, Rita Schiappelli, Rosendo Pascual, Enrique Balech y Esteban Boltovskoy; y tuvo por directores a personalidades como Herman Burmeister, Florentino Ameghino, Angel Gallardo, Martín Doello-Jurado, Agustín Riggi, Maximiliano Birabén, José María Gallardo, Wolfgang Volkheimer y actualmente Edgardo J. Romero.Las colecciones del Museo estuvieron integradas en un principio por elementos heterogéneos que luego fueron agrupándose en forma temática y desprendiéndose para dar origen a otros museos de la capital. En 1947 el Poder Ejecutivo dispuso la transferencia de las secciones: Arqueología, Etnografía y Antropología al Museo Etnográfico dependiente de la Universidad de Buenos Aires.

1812. Circular cursada por el Primer Triunvirato, el 27 de junio, por inspiración de Rivadavia, invitando a los comandantes del interior a participar en el acopio de materiales para ‘dar principio al establecimiento en la Capital de un Museo de Historia Natural".

1814. En la Gaceta Ministerial del Gobierno de Buenos Aires del día 11 de junio, se publica el decreto por el cual se acepta la donación efectuada por el presbítero Bartolomé Muñoz de objetos e instrumentos de Historia Natural para "empezar a formar un gabinete".

1823. Por resolución firmada por Rivadavia, ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, fechada el 31 de diciembre, se ordena adoptar las medidas, "...que conduzcan a acelerar el establecimiento del Museo del País, especialmente en todos los ramos de la historia natural."

1826. El 1° de abril se nombra a Carlos Ferraris encargado de los objetos de Historia Natural y se instala el museo naciente en una de las celdas altas del Convento de Santo Domingo.

1828. El 4 de junio Ferraris eleva al gobierno el primer inventario de existencias y gastos invertidos en instalación y conservación.

1830. En el curso de ese año visita el Museo el viajero y estudioso francés Arsenio Isabelle y deja una descripción del mismo afirmando que en él "se podría dictar un curso completo de historia natural".

1842. El 3 de febrero se concede licencia a Carlos Ferraris, a su pedido, para ausentarse a Europa y es designado para reemplazarlo - también a su propuesta - Antonio Demarchi, quien se mantiene al frente de la dirección hasta la caída de Rosas.

1854. El 6 de mayo se designa encargado del Museo a don Santiago Torres, y se constituye la Sociedad de Amigos de la Historia Natural del Plata. El Museo es instalado en el edificio de la Universidad de Buenos Aires, situado en la calle Perú en la llamada Manzana de las Luces.

1856. El Secretario de la Asociación Amigos de la Historia Natural del Plata, don Manuel Ricardo Trelles, eleva un estado del Museo con inventario de su acervo.

1857. El sabio alemán Herman Burmeister, pasa fugazmente por la ciudad de Buenos Aires, visita en los primeros días de febrero el Museo y asienta su impresión sobre el mismo.

1862. Por decreto firmado por Bartolomé Mitre, gobernador de Buenos Aires, refrendado por su Ministro de Gobierno, Domingo Faustino Sarmiento, del 21 de febrero, es designado Director General del Museo Público de Buenos Aires, don Herman Burmeister.  Burmeister inicia la publicación de los "Anales" del Museo.

1870. Por sugerencia de Burmeister se crea la Academia de Ciencias de Córdoba.

1876. Se inicia la publicación de la "Descriptión Physique de la Republique Argentine" cuya parte final concluirá en 1886.

1884. Obtenida la capitalización de la Ciudad de Buenos Aires, por decreto del 1° de octubre se dispone la nacionalización del Museo Público.

1884. A raíz de aquella nacionalización se crea el Museo de La Plata sobre la base de las colecciones de Francisco P. Moreno.

1889. El 24 de mayo, la Municipalidad de Buenos Aires crea el Museo Histórico de la Capital, y el Museo Público le transfiere el material respectivo que posee

1892. El 2 de mayo, por causa de un accidente ocurrido en el curso de sus trabajos en el Museo, fallece Herman Burmeister, después de regir durante treinta años la institución.

1892. El 18 de abril el Poder Ejecutivo nombra director reemplazante al Dr. Carlos Berg.

1894. Por insistencia de su director es remodelado substancialmente el local de la calle Perú.

1897. Entre el 12 de mayo y el 10 de diciembre, por ausencia temporaria del Dr. Berg, es designado director suplente el señor Angel Gallardo.

1902. El 19 de enero fallece el Dr. Carlos Berg.

1902. Por decreto del 19 de abril es designado titular de la dirección el paleontólogo Florentino Ameghino, primer director argentino del Museo.

1910. Durante los festejos del Centenario el Museo permanece cerrado "por reformas".

1911. El 6 de agosto fallece el doctor Florentino Ameghino después de una fructífera gestión científica.

1911. El 12 de septiembre es designado para reemplazarlo, el doctor Angel Gallardo, quien se encuentra en París.

1912. A su regreso de Parías, el doctor Angel Gallardo asume la dirección del Museo el 15 de abril.

1914. Ante los reclamos del doctor Gallardo sobre la estrechez del local de la calle Perú, el gobierno le cede unos edificios fiscales en la plazoleta Monserrat que le permiten redistribuir oficinas y colecciones.

1916. Por haber sido designado Gallardo presidente del Consejo Nacional de Educación, se nombra director interino al Secretario Agustín G. Péndola.

1919. Por resolución ministerial de fecha 11 de agosto, se transfiere la dirección interina al jefe de sección Carlos Ameghino.

1923. Por decreto fechado el 28 de diciembre, firmado por el presidente Marcelo T. de Alvear, refrendado por el ministro Sagarna, se denomina al Museo con el nombre de su fundador: Bernardino Rivadavia, y se dispone festejar el centenario de su creación.

1923. Por el mismo decreto del 28 de diciembre, se nombra director titular al profesor Martín Doello-Jurado, quien asume el cargo en el acto que se celebra como rememoración del centenario del Museo el Día 31 de diciembre.

1925. El 31 de diciembre, se coloca la piedra fundamental del edificio a construir por la Dirección General de Arquitectura de la Nación, en el Parque Centenario.

1928. Por iniciativa de Doello-Jurado se inaugura la Estación Hidrobiológica de Puerto Quequén, dependiente del Museo.

1929. Se inaugura la primera sección del nuevo edificio.

1937. Concluido el edificio en su estado actual, el Museo abandona definitivamente los viejos locales de la Manzana de las Luces y de la Plaza Monserrat e instala con mayor amplitud y propiedad sus colecciones.

1946. Por renuncia del profesor Martín Doello-Jurado, por decreto fechado el 10 de julio se nombra su reemplazante al doctor en Ciencias Naturales Agustín E. Riggi.

1947. A pedido de la dirección, el Poder Ejecutivo dispone por decreto dictado el 10 de junio, la transferencia de las secciones: Arqueología, Etnográfica y Antropológica a la Universidad de Buenos Aires, con destino al Museo Etnográfico.

1948. Por decreto del 4 de diciembre, se crea, anexo al Museo, el Instituto Nacional de Investigación de las Ciencias Naturales.

1955. Sobrevenido el movimiento revolucionario de setiembre, se designa interventor del Museo al doctor Adolfo Dago Holmberg.

1958. Elegidas las autoridades constitucionales, renuncia el doctor Holmberg y asume la dirección interina el Director General de Cultura, ingeniero José Babini, designado por resolución ministerial del 26 de mayo, cesando el 12 de agosto de 1958.

1958. En la misma fecha es designado director, también con carácter interino, el doctor en Ciencias Naturales Mario Egidio Teruggi y cesa en su mandato el 7 de setiembre de 1959.

1959. Por decreto del Poder Ejecutivo del 26 de agosto se nombra director titular al doctor en Ciencias Naturales Max Birabén quien asume el cargo el 7 de septiembre.

1972. Después de doce años de acción efectiva y provechosa, por razones de salud, el 31 de mayo, renuncia el doctor Birabén.

1973. El licenciado en Ciencias Naturales José María A.F. Gallardo, quien había sido designado a cargo de la Dirección el 6 de octubre de 1971 por enfermedad del doctor Birabén, es designado titular, por concurso, el 17 de abril.

1974. Por resolución del 6 de diciembre, la Inspección General de Personas Jurídicas, concede la personería solicitada por la "Asociación Amigos del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, constituida el 29 de agosto de 1969.

1986. El Museo deja de depender de la Dirección Nacional de Museos para hacerlo de la Secretaría de Ciencia y Tecnología (SECyT), que en ese momento dependía directamente de la Presidencia de la Nación.

1994. Fallece el Dr. José María A.F. Gallardo el 12 de octubre, estando a cargo de la Dirección del Museo como Investigador Principal del CONICET. Antes de finalizar el año es designado a cargo de la Dirección el Dr. Wolfgang Volkheimer, Investigador Superior del CONICET, especialista en palinología y paleobotánica.

1996. El Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación 1274/96 del 7 de noviembre dispone que el Museo sea transferido desde la Secretaría de Ciencia y Tecnología al CONICET (Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas), organismo descentralizado dependiente de dicha Secretaría del Ministerio de Cultura y Educación.

1999. El CONICET llama a concurso para ocupar el cargo de Director del Museo y el 2 de noviembre el Presidente del CONICET pone en funciones al Dr. Edgardo Juan Romero, Investigador Principal y Profesor de la Universidad de Buenos Aires, que estaba provisoriamente a cargo de la Dirección del Museo desde hacía un año. En julio el MACN comienza ha estar presente en Internet por medio de esta página y gracias al apoyo de la Red Científica y Tecnológica (RedCyT) de la SECyT.

2002. Se instala y pone en funcionamiento una red estructurada de telefonía y datos que barca todas las instalaciones del Museo permitiendo el acceso a todo el personal a los servicios de correo electrónico (brindado por el propio servidor del Museo) e Internet, gracias a la colaboración del Centro de Cómputos del CRIBABB (Centro Regional del CONICET en Bahía Blanca), RETINA (Red Teleinformática Académica) y la Fundación Antorchas.

El actual edificio fue construido de acuerdo a los cánones arquitectónicos y conceptos museológicos vigentes en la primera mitad de este siglo. Esto lo convierte, aún hoy, en uno de los pocos Museos argentinos que cuenta con un edificio concebido para su función específica.

Los buhos, símbolos de la sabiduría, que flanquean las ventanas del primer piso y las arañas de bronce en sus telas que adornan las puertas, son sólo algunos de los numerosos motivos decorativos de interés, que el visitante puede descubrir durante su visita.

El presente edificio es solo una tercera parte del proyecto original, y muestra en los detalles decorativos y ornamentales temas basados en la flora y fauna autóctonas.

Todos estos artistas fueron renombrados escultores argentinos, algunos de ellos como Alfredo Bigatti y Donato Proietto con abundante actuación en el país y en el extranjero, donde merecieron destacados premios.

Se puede observar la balaustrada de la escalera que reproduce en hierro forjado caracoles de tierra estilizados, y una escultura que representa unos monos trepando a un tronco Podemos apreciar, ahora desde adentro, las arañas en sus telas que decoran las puertas, motivo que también se repite en las rejillas de aereación.

Sobre las puertas interiores que dan acceso a la Sala de Mineralogía y Geología y al Acuario, hay altorrelieves que muestran respectivamente a un perezoso y a un puma. Las ménsulas que sostienen las vigas tienen forma de murciélagos.

Preside el vestíbulo un busto de Bernardino Rivadavia, fundador del Museo.

Fuente Principal: www.macn.secyt.gov.ar/

 

 

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