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Escarabajos peloteros y megafauna. Insectos, excrementos, fósiles y ecosistemas del pasado.

Por Mariano Magnussen. Museo de Ciencias Naturales de Miramar “Punta Hermengo”. Fundación Azara. Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (Macn – Conicet). marianomagnussen@yahoo.com.ar

La actividad de los escarabajos peloteros (Coleóptera: Scarabaeidae) ha cumplido un rol ecológico fundamental en los ecosistemas terrestres desde tiempos remotos, particularmente en aquellos dominados por grandes herbívoros.

Las evidencias paleontológicas indican que los escarabajos peloteros, ya estaban presentes al menos desde el Jurásico tardío–Cretácico, cuando comenzaron a aprovechar un recurso clave: el estiércol de grandes vertebrados herbívoros. Durante la Era Mesozoica, este material era abundante gracias a la presencia de dinosaurios saurópodos y ornitisquios, así como de otros reptiles herbívoros de gran tamaño, cuyos excrementos generaban microambientes ricos en nutrientes.

Si bien los fósiles directos de escarabajos son escasos, existen coprolitos (heces fosilizadas) con marcas, galerías y estructuras compatibles con la actividad de insectos detritívoros, lo que sugiere que estos escarabajos ya cumplían un rol ecológico importante en el reciclaje de materia orgánica y en la dinámica de los suelos mesozoicos, hace unos 160 millones de años antes del presente.

Tras la extinción masiva del final del Cretácico, que provocó la desaparición de los dinosaurios no avianos, los escarabajos peloteros demostraron una notable capacidad de adaptación. Durante el Paleoceno y el Eoceno temprano, aprovecharon la rápida diversificación y expansión de los mamíferos herbívoros, incorporando sus heces como nuevo recurso principal. Este cambio fue clave para su éxito evolutivo y para la gran diversidad que el grupo alcanzó en distintos continentes.

Desde entonces y hasta la actualidad, los escarabajos peloteros han mantenido un papel ecológico fundamental, contribuyendo al reciclado de nutrientes, la aireación del suelo, la dispersión de semillas y el control de parásitos. Su historia evolutiva refleja una estrecha relación con los grandes herbívoros a lo largo del tiempo.

En la región pampeana, y más recientemente en las localidades de Miramar y Centinela del Mar (Partido de General Alvarado), en la provincia de Buenos Aires, se han recolectado numerosas muestras de “nidos fósiles” pertenecientes a este grupo de coleópteros. Estos organismos habitaron la zona durante el final del Terciario (Plioceno) y el Cuaternario (Pleistoceno), conviviendo con la megafauna que caracterizó estos períodos geológicos.

Estos registros del pasado no corresponden a restos corporales de los insectos, sino a evidencias de su comportamiento. Al igual que las huellas, madrigueras, galerías y otras trazas, los nidos fósiles se clasifican como icnofósiles, ya que representan la actividad biológica de un organismo preservada en el sedimento y posteriormente fosilizada. Estos, son conocidos por el icnogenero Coprinisphaera, estando representadas localmente por las icnoespecies Coprinisphaera akatanka, Coprinisphaera kraglievichi, Coprinisphaera tonni, entre otras.

Los nidos fósiles del icnogénero Coprinisphaera constituyen un registro excepcional del comportamiento de los escarabajos peloteros del pasado. En un momento clave del ciclo de vida de estos insectos, cuando las hembras recolectaban estiércol de grandes vertebrados herbívoros y lo moldeaban cuidadosamente para formar una masa compacta. Esta estructura era luego enterrada en el suelo, dentro de una pequeña cámara excavada, donde se realizaba la oviposición y el estiércol quedaba como reserva de alimento para la larva en desarrollo.

Para que este nido pudiera conservarse a lo largo del tiempo geológico, fue fundamental que quedara protegido dentro del sedimento. En ambientes continentales, como llanuras o áreas con desarrollo de suelos, los nidos podían quedar rápidamente cubiertos por capas de sedimentos finos, ya sea por procesos de inundación, acumulación eólica o por el crecimiento progresivo del suelo. Este enterramiento temprano aisló la estructura de la erosión y de la destrucción biológica, permitiendo su preservación.

Con el paso del tiempo, el material orgánico original se descompuso, pero la forma del nido se mantuvo gracias al relleno de sedimentos y a la circulación de aguas subterráneas ricas en minerales, como así también, a la actividad de microorganismos sobre la materia orgánica. Estos procesos dieron lugar a la mineralización y endurecimiento de la estructura, integrándola al sedimento circundante. De este modo, el antiguo nido se transformó en una concreción fósil, conservando su morfología característica.

Durante el Pleistoceno de la actual Argentina, la presencia de una megafauna - termino que paleontológicamente alude a los mamíferos del Cuaternario, cuya masa corporal superaba la tonelada de peso, aunque, aún hay debate si esta es la única característica que los reúne, los cuales, eran abundantes y diversas —integrada por gliptodontes, megaterios, lestodontes, celidoterios, toxodontes, macrauquenios, mastodontes y otros grandes mamíferos, que, generó un escenario ecológico propicio para el desarrollo y especialización de estos insectos detritívoros.

Los escarabajos peloteros se caracterizan por su comportamiento de recolección, modelado y enterramiento de excrementos animales, los cuales utilizan como fuente de alimento y como sustrato para la oviposición, cuyo proceso en ciertos animales, de poner sus huevos lugares específicos para que se desarrollen allí los embriones. Esta conducta, lejos de ser un simple rasgo etológico (comportamiento), constituye un proceso ecológico clave que interviene directamente en la dinámica del suelo, el reciclado de nutrientes y la regulación de poblaciones microbianas y parasitarias. En los ambientes pleistocénicos pampeanos, el gran volumen de materia fecal producido por la megafauna habría favorecido poblaciones abundantes de escarabajos coprófagos (que se alimentan del estiércol de animales, el cual utilizan como fuente de nutrientes, refugio y sitio de reproducción), permitiendo una intensa interacción entre macrofauna e insectos del suelo.

La megafauna del Pleistoceno no solo aportaba una cantidad significativa de excrementos, sino también una calidad particular de estos recursos, determinada por dietas herbívoras ricas en fibras vegetales. Esta condición habría influido en la diversificación funcional de los escarabajos peloteros, promoviendo estrategias de rodado, enterramiento o permanencia bajo la boñiga, adaptadas a distintos microambientes y tipos de sustrato. En este sentido, la actividad de estos insectos contribuía a la aireación del suelo, a la incorporación de materia orgánica en los horizontes subsuperficiales y a la mejora de la fertilidad edáfica, procesos esenciales para el mantenimiento de las comunidades vegetales.

Además, culturalmente, el escarabajo pelotero ha tenido una gran importancia simbólica y cultural en diversas civilizaciones a lo largo de la historia. En el Antiguo Egipto, fue asociado al dios Jepri (Khepri), divinidad vinculada al renacer, la transformación y el ciclo del Sol, ya que el movimiento del escarabajo al hacer rodar la bola de estiércol evocaba el recorrido diario del astro por el cielo. Por este motivo, el escarabajo se convirtió en un poderoso símbolo de vida, regeneración y resurrección, representado en amuletos, sellos y objetos funerarios.

En otras culturas, aunque con menor carga religiosa, el escarabajo pelotero también fue valorado por su rol en la naturaleza, al ser observado como un organismo que limpia el entorno y favorece la fertilidad de los suelos. Así, más allá de su importancia ecológica, este insecto dejó una huella duradera en el pensamiento simbólico y espiritual de distintas sociedades humanas.

Volviendo al pasado de la región pampeana, el enterramiento de excrementos cumplía una función sanitaria relevante, al reducir la exposición de la materia fecal en superficie y limitar la proliferación de insectos nocivos y patógenos. En ecosistemas dominados por grandes concentraciones de megaherbívoros, este mecanismo natural resultaba importante para el equilibrio ecológico general. La acción constante de los escarabajos peloteros puede interpretarse, por lo tanto, como un suceso silencioso pero indispensable dentro de las redes tróficas pleistocénicas.

La extinción de la megafauna hacia fines del Pleistoceno implicó una profunda reestructuración de estos sistemas. La desaparición de los grandes productores de excrementos generó una pérdida abrupta de recursos para los escarabajos coprófagos, lo que probablemente derivó en la reducción poblacional o extinción local de especies especializadas. Este fenómeno ilustra cómo la megafauna no solo estructuraba el paisaje a gran escala, sino que también sostenía procesos ecológicos finos, como la actividad de insectos del suelo.

La relación entre los escarabajos peloteros y la megafauna del Pleistoceno argentino representa un ejemplo elocuente de co-dependencia ecológica. La actividad de estos insectos fue esencial para el funcionamiento de los ecosistemas pleistocénicos, actuando como mediadores entre la megafauna, el suelo y la vegetación.

Su estudio permite comprender de manera más integral las consecuencias ecológicas de las extinciones cuaternarias y resalta la importancia de los organismos pequeños en la estabilidad de los sistemas naturales del pasado.

Referencias

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Cuando los ornitorrincos vivían en la Patagonia: la extraordinaria historia de los monotremas sudamericanos.

Mariano Magnussen Saffer. Integrante del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (Macn- Conicet) y de la Fundación de Historia Natral Félix de Azara.

Si hoy alguien preguntara dónde viven los ornitorrincos, casi cualquier persona respondería sin dudar: en Australia. Allí, junto con los equidnas, sobreviven los únicos representantes de los monotremas, el grupo de mamíferos más antiguo que aún existe sobre la Tierra.

Sin embargo, durante gran parte del siglo XX los paleontólogos ignoraban que la historia evolutiva de estos animales era mucho más compleja y que uno de sus capítulos más fascinantes se había escrito miles de kilómetros al otro lado del planeta, en la Patagonia argentina.

A fines del siglo XVIII, en 1798, cuando los primeros exploradores británicos enviaron desde Nueva Gales del Sur,  Australia la piel y el cráneo de un extraño animal a Europa, la comunidad científica quedó completamente desconcertada. Aquel pequeño mamífero parecía desafiar todas las leyes de la naturaleza: tenía el pico de un pato, el pelaje de una nutria, la cola de un castor y patas palmeadas. Para muchos naturalistas de la época, semejante combinación solo podía ser obra de un bromista que había cosido partes de distintos animales. Algunos llegaron incluso a examinar cuidadosamente la piel en busca de costuras ocultas, convencidos de que se trataba de un engaño.

Con el tiempo se comprobó que aquel insólito ejemplar era absolutamente real. El ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus) no solo existía, sino que representaba uno de los mamíferos más extraordinarios conocidos por la ciencia. Como si su aspecto no fuera suficiente, pronto se descubrió que ponía huevos, producía leche para alimentar a sus crías, poseía un sofisticado sistema de electrorrecepción en el pico para detectar presas bajo el agua y, en el caso de los machos, espolones venenosos en las patas posteriores. Cada nuevo hallazgo parecía desafiar las ideas establecidas sobre cómo debía ser un mamífero.

Los monotremas constituyen un linaje muy particular dentro de los mamíferos. Aunque producen leche para alimentar a sus crías, ponen huevos, poseen una cloaca —una única abertura para los sistemas digestivo, urinario y reproductor— y conservan numerosas características anatómicas consideradas primitivas. Estas peculiaridades hicieron que durante mucho tiempo fueran vistos como un "eslabón" entre reptiles y mamíferos, una interpretación hoy superada, ya que en realidad representan un linaje muy antiguo que evolucionó en paralelo con los marsupiales y los mamíferos placentarios desde hace más de 180 millones de años.

Hasta comienzos de la década de 1990 existía una idea prácticamente aceptada: los monotremas habían evolucionado exclusivamente en Australia. El registro fósil parecía respaldar esta hipótesis. Los únicos fósiles conocidos procedían de ese continente, donde géneros como Steropodon y Obdurodon demostraban una larga historia evolutiva que se remontaba al Cretácico Inferior. Todo indicaba que Australia había sido el único escenario donde este extraño grupo había surgido y permanecido aislado.

Esa visión comenzó a cambiar radicalmente en 1992, cuando un equipo encabezado por el paleontólogo argentino Rosendo Pascual describió un pequeño conjunto de dientes fósiles provenientes de la Formación Salamanca, en Punta Peligro, provincia del Chubut. Aquellos diminutos restos, recuperados en sedimentos de aproximadamente 62 millones de años de antigüedad, pertenecían a un animal completamente inesperado, un monotrema. El hallazgo fue realzado por los investigadores pertenecían al Departamento Científico de Paleontología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (Museo de La Plata).

El nuevo fósil recibió el nombre de Monotrematum sudamericanum, un hallazgo que provocó una verdadera revolución en la paleontología mundial. Era la primera evidencia de un ornitorrinco fósil encontrado fuera de Australia y demostraba que los monotremas habían habitado también Sudamérica durante el Paleoceno temprano, pocos millones de años después de la extinción de los dinosaurios.

Aunque el material recuperado era escaso, principalmente molares aislados, estos dientes resultaban extraordinariamente informativos. Su morfología coincidía con la de los antiguos ornitorrincos australianos, pero presentaban dimensiones considerablemente mayores. Diversos estudios sugieren que Monotrematum pudo haber alcanzado entre 80 centímetros y un metro de longitud, siendo bastante más robusto que el ornitorrinco actual (Ornithorhynchus anatinus), que rara vez supera los 50 centímetros.

Como el ornitorrinco moderno, Monotrematum sudamericanum probablemente llevaba una vida semiacuática, habitando ríos, arroyos, lagunas y extensos humedales que caracterizaban la Patagonia de comienzos del Paleoceno, hace unos 63 millones de años. El clima era mucho más cálido y húmedo que el actual, y el paisaje estaba cubierto por exuberantes bosques de coníferas, helechos arborescentes y las primeras plantas con flores. En estos ambientes convivía con una variada fauna de mamíferos primitivos, como el gondwanaterio Peligrotherium tropicalis y el dryolestoideo Reigitherium bunodontum, además de tortugas, cocodrilos, peces de agua dulce, rayas, anfibios y numerosas aves primitivas. Estos ricos ecosistemas, que comenzaban a recuperarse tras la gran extinción del final del Cretácico, ofrecían un hábitat ideal para este antiguo ornitorrinco, que probablemente recorría las orillas y los fondos fangosos utilizando su sensible pico para localizar insectos, crustáceos y otros pequeños invertebrados.

La historia volvió a sorprender a los investigadores en 2023. En sedimentos todavía más antiguos, pertenecientes a la Formación Chorrillo de Santa Cruz, un equipo internacional describió una pequeña mandíbula con un molar excepcionalmente conservado. El nuevo fósil correspondía a Patagorhynchus pascuali, un monotrema que había vivido hace aproximadamente 70 millones de años, cuando los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas terrestres. Fue descubierto por un grupo de investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados, con sede en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia de Buenos Aires (Conicet) y de la Fundación Azara.

Su descubrimiento tuvo una enorme trascendencia científica porque retrasó varios millones de años la presencia conocida de los monotremas en Sudamérica.

Más importante aún, demostraba que estos animales convivieron con los últimos dinosaurios no avianos, mucho antes de la extinción masiva del límite Cretácico-Paleógeno. El nombre del género resume perfectamente su origen. "Patago" hace referencia a la Patagonia, mientras que "rhynchus" deriva del griego y significa "hocico" o "pico", una clara alusión a los ornitorrincos modernos. El epíteto específico, pascuali, homenajea justamente a Rosendo Pascual, pionero en el estudio de los mamíferos fósiles sudamericanos.

Aunque solamente se conoce un pequeño fragmento mandibular, la anatomía de su molar revela que se trataba de un monotrema primitivo, posiblemente similar en aspecto general a un pequeño ornitorrinco, aunque conservando dientes plenamente funcionales durante toda su vida, una condición que los ornitorrincos actuales pierden en la adultez al reemplazarlos por placas córneas. Estos descubrimientos reavivaron una antigua discusión sobre el origen geográfico de los monotremas. Durante décadas predominó la denominada hipótesis australiana, según la cual el grupo habría evolucionado exclusivamente en Australia para luego dispersarse hacia la Antártida y Sudamérica cuando estos continentes aún permanecían unidos dentro de Gondwana.

Sin embargo, la presencia de Patagorhynchus en el Cretácico Superior de Patagonia abrió nuevas posibilidades. Algunos investigadores consideran que los monotremas pudieron haber tenido una distribución mucho más amplia en Gondwana y que el registro fósil australiano representa apenas una parte de esa historia. Otros incluso sugieren que la Patagonia austral pudo haber desempeñado un papel importante durante las primeras etapas evolutivas del grupo, aunque por el momento no existen evidencias suficientes para afirmar que allí se originaron.

En realidad, el escenario más aceptado actualmente propone una evolución gondwánica. Hace aproximadamente 100 millones de años, Sudamérica, la Antártida y Australia todavía mantenían conexiones terrestres que permitían el intercambio de numerosas especies. Bosques templados se extendían desde la Patagonia hasta la actual Antártida, ofreciendo corredores biológicos que facilitaron la dispersión de numerosos grupos de vertebrados, incluidos los monotremas.

La separación progresiva de estos continentes aisló las distintas poblaciones. Mientras Australia conservó ambientes adecuados para su supervivencia, en Sudamérica los monotremas desaparecieron posiblemente durante el Eoceno, afectados por profundos cambios climáticos, modificaciones ambientales y la creciente competencia con marsupiales y, posteriormente, con mamíferos placentarios.

Hace unos 70 millones de años, Patagorhynchus pascuali habitaba los bosques, ríos y humedales de la Patagonia austral, en un mundo donde los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas. Compartía su ambiente con enormes titanosaurios, como Nullotitan glaciaris, y con grandes depredadores, entre ellos el megaraptórido Maip macrothorax, además de pequeños dinosaurios herbívoros, preptiles voladores, tortugas, cocodrilos, peces de agua dulce, anfibios y diversos mamíferos primitivos.

Cuando Patagorhynchus y Monotrematum habitaron la Patagonia, el mundo era muy diferente al actual. Durante el Cretácico tardío y el Paleoceno temprano, Sudamérica aún mantenía conexiones terrestres con la Antártida, y esta, a su vez, con Australia. Los tres continentes formaban parte del antiguo supercontinente Gondwana o conservaban puentes terrestres remanentes de su fragmentación. Estas conexiones permitieron el intercambio de numerosos animales y plantas, entre ellos los ancestros de los actuales ornitorrincos.

Lejos de las estepas áridas que hoy caracterizan gran parte de la Patagonia, hace entre 70 y 62 millones de años la región presentaba un clima templado a cálido, con abundantes precipitaciones. El paisaje estaba dominado por extensos bosques, ríos de aguas lentas, lagunas y amplios humedales.

Coníferas, araucarias, helechos arborescentes y las primeras plantas con flores conformaban una vegetación exuberante que brindaba refugio a una gran diversidad de vertebrados. La historia de los monotremas sudamericanos demuestra cómo unos pocos dientes fósiles pueden transformar nuestra comprensión de la evolución. Lo que comenzó con pequeños restos hallados en las costas patagónicas terminó modificando las hipótesis sobre la biogeografía de Gondwana y sobre el origen de uno de los grupos de mamíferos más singulares del planeta.

Hoy sabemos qué hace más de 70 millones de años, mientras enormes dinosaurios recorrían los bosques australes y poco después cuando estos gigantes desaparecieron, pequeños parientes de los ornitorrincos nadaban en ríos y lagunas patagónicas. Aquellos discretos mamíferos, preservados apenas en unos pocos dientes y fragmentos mandibulares, constituyen uno de los testimonios más sorprendentes de la extraordinaria historia natural de Argentina y recuerdan que la Patagonia fue mucho más que la tierra de los dinosaurios: también fue el hogar de algunos de los mamíferos más enigmáticos que haya producido la evolución. 

Bibliografía

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